martes, 7 de junio de 2016

Vida y muerte, tránsitos obligados

Alguna vez dialogaron Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato y de esos encuentros con la palabra extraigo el siguiente aparte que se refiere a la muerte, esa terrible realidad a la cual nos enfrentamos todos los seres vivos.

En un momento de la conversación, Borges se sorprende de la aprehensión de Sábato:

“Borges: Cómo, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

Sábato: La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir.

Borges: Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo, ¿no? En Inglaterra hay una superstición popular que dice que no sabremos que hemos muerto hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja. Yo no veo el espejo.”

No pretendo –y tampoco podría– estar a la par de estos dos cultores de las letras americanas, sin embargo, sí me inducen a pensar, como  a un simple ciudadano de mundo, tal cual lo hacen los escritores excelentes. Y pensar, para un simple mortal, ya es mucha ganancia. Es posible que bordee el atrevimiento y hasta la locura por intentar explicar lo que nos atormenta desde el momento que adquirimos uso de razón o consciencia como creo que se debe llamar a ese estado del ser humano que aborda las preguntas trascendentales y las comunes.

Si de bebés tuviéramos la consciencia de adultos, sería pavoroso nacer. Un neonato que vive en un medio confortable, predispuesto para proteger la vida como lo es el seno materno, dotado de todas las comodidades y resguardado de las inclemencias que conocemos, nunca desearía cambiar ese estado por uno hostil, agresivo, como sería el ingreso a la vida como la percibimos. Es posible que el bebé rechace ese abrupto cambio con un fuerte grito desgranado en llanto. El nuevo ser, también predispuesto para el cambio, ve sin mirar, toca sin sentir, oye sin oír, olfatea sin oler, gusta sin degustar. Sus sentidos están listos para iniciar el largo camino de orientar el desarrollo de su cerebro. Los primeros cinco años son de aprendizaje hasta que adquiere consciencia de su vida y se adapta al extremo de no querer cambiarla, le tiene pavor a la muerte. 

Tal vez por eso en la vejez se pierde mucho de la consciencia para que la muerte no infunda miedo. En el proceso natural de envejecimiento los seres vivos pierden muchas facultades, algunos quedan ciegos, otros sordos; los más, acusan pérdida de memoria, y el control de sus movimientos casi desaparece. En la última etapa de la vida, expirar pone fin a una larga agonía casi siempre ataviada de tristes falencias que impiden una existencia plena. El mismo Borges dijo, alguna vez, que la vejez es una larga enfermedad.

De todas maneras morir antes de la decrepitud, con plena consciencia, causa pánico. En el caso de Sábato, según lo dice en mil novecientos setenta y cuatro, infunde tristeza, tal vez porque su consciencia estaba intacta en ese momento, algo que no sucedió años después cuando llegó a los noventa años de edad y decidió entregar el chasis. La tristeza la sufren los amados que siguen vivos, que no aceptan la tragedia de morir –en especial si se trata de un ser querido– antes de tiempo.


La vida y la muerte son tránsitos naturales de los seres. Morir es volver a un estado de inexistencia por toda la eternidad, la misma eternidad que afrontamos antes de nacer. No debería causarnos terror, pero lo causa el valor que hemos otorgado al tiempo.

domingo, 3 de enero de 2016

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Popayán es una de las pocas ciudades del mundo donde:

–No tiene aprecio por sus jóvenes. De hecho no dispone de centros de recreación públicos; en el transporte público (que es privado) no tiene descuentos por la calidad de estudiantes. Carece de centros deportivos gratuitos del tamaño de su población joven.

–No tiene consideración por sus viejos. Son relegados y marginados, cuando no insultados por su andar lento. Los andenes son un riesgo para el pobre anciano con sus altibajos y rampas para facilidad de ingreso de vehículos a los garajes que es preferible desplazarse por la calzada plana y sin sobresaltos pero peligrosa.

–No tiene en cuenta a los menos válidos. Otra vez los andenes (con excepción de los nuevos del plan de movilidad), son un obstáculo antes que una facilidad para recorrer la ciudad. Los buses de servicio público carecen de facilidades para subir o bajar; están hechos para jóvenes con aptitudes de malabarista. Es posible que en el plan de movilidad se subsane esta deficiencia. Los edificios públicos insisten en las gradas y no se renuevan con ascensores o rampas amigables.

–El egoísmo prima sobre el respeto hacia los demás. Vemos y sufrimos con gran fastidio vehículos estacionados sobre los andenes que impiden caminar a los peatones. Para los dueños de carros les tiene sin cuidado el riesgo que corren los transeúntes al bajarse a la calzada. Es más importante la cosa que la persona.
Los taxistas están bravos porque las vías intervenidas ampliaron los andenes; según ellos las calles deberían tener tres carriles y menos andén. Ven su conveniencia pero no la de los demás ciudadanos. Así somos. Desde mi óptica, prefiero que las calles centrales sean de un solo carril para evitar adelantos peligrosos y restringir el vehículo particular en un sector donde caminar debería ser una actividad agradable.

–La cultura desapareció. Eso de saludar y responder es historia pasada. Quien lo hace es mirado como un bicho raro y en el peor de los casos, ignorado. Ceder el puesto a una dama ahora es transgredir la igualdad de sexos y abrirle la puerta del taxi un oso monumental.

–El buen gusto está en crisis. Nuestro máximo Teatro Municipal se atosigó de comedias de quinta categoría y espectáculos dignos de una carpa de circo. Por ningún lado aparecen obras de teatro, pese a existir actores y escritores del género, y ni presentación de orquestas sinfónicas y de cámara, ni siquiera festivales de músicos regionales que los hay muy buenos.
Y si de comer se trata, ya estamos arremedando a los paisas cuya bandeja es un vitute con todo el colesterol de Colombia. Aquí teníamos una comida excelsa, mezcla de española, india y negra, que nos hacía diferentes pero que se está perdiendo. Las nuevas generaciones no conocen el chulquín, el chachafruto, el haba, la cidrapapa, el birimbí, los ullucos... Las sopas de carantanta y de masitas, las rosquillas y las mantecadas tienden a extinguirse porque las hacen tan feas que es como insultar a las abuelas.


Ya podemos decir como en los viejos cuentos: Érase una ciudad culta llamada Popayán…

lunes, 30 de noviembre de 2015

Medellín, ejemplo que da envidia

Hasta hace unos años el civismo era un distintivo de la ciudad de Cali, ahora lo es de Medellín.

Medellín es un ejemplo nacional de cómo se puede vivir bien en una gran ciudad. Es una articulación –como se dice ahora– social entre ciudadanos y gobernantes, que empezó a construirse después de los años difíciles de enfrentamiento entre el Estado y las mafias del narcotráfico. Hoy, Medellín tiene problemas pero todos son posibles de resolver porque existe ese ánimo de concertación entre quienes tienen el poder –y lo ejercen sin soberbia– y los ciudadanos dispuestos a aportar sus iniciativas con la seguridad de ser atendidos.

La clase dirigente de Medellín estructuró la ciudad al derecho: construyó el Metro a lo largo del casco urbano, que hizo posible la integración de municipios como Itagüí, Envigado, Sabaneta y Bello; mejoró y amplió sus vías, hasta volverlas amables; construyó el Metro Cable y el Metro Plus, como soporte del transporte masivo hasta hacerlo integral; adelantó campañas de civismo y conocimiento de normas de tránsito; ejecutó planes de señalización que hasta un despistado turista entiende. El resultado está a la vista: ciudadanos amables y cultos; transporte que fluye al ritmo de la ciudad y una incesante actividad cultural que poco a poco desplaza la patanería social para dar paso al civismo y al respeto colectivo.

Ahora, Medellín ha acometido la implementación del tranvía o Metro ligero para cubrir las zonas a donde no llega el Metro, por sectores que se rescatarán para la comunidad y el turismo. 

Alguien dirá que eso es posible porque allá hay plata; me atrevo a decir que eso es posible, porque allá hay ideas que se depuran y ponen en práctica. Allá tienen el convencimiento de que si la ciudad progresa, ellos –dirigentes y dirigidos– también progresan. No hay ese egoísmo tan mezquino que impide la ejecución de políticas de cambio para mejorar, entre una administración y otra.  

A Medellín le sobra clase dirigente, la misma que le falta a Cali que no ha sido capaz de construir el Metro regional mas barato del mundo – al ser superficial en un 100% – que integre las ciudades de Jamundí, Cali, Palmira, Buga, Tuluá y Cartago; que no ha sido capaz de construir la Terminal de Transportes del Sur; ni mucho menos el anillo vial que abrace la ciudad a doble calzada e impida la congestión en las vías del centro; que mantiene a oscuras la doble calzada entre el aeropuerto internacional y la Sultana del Valle.

Seguramente Cali se dejó influenciar por Popayán, donde no hemos sido capaces de organizar el tránsito chiquito que tenemos.


¡Ah! Nuestra mentalidad de vendedores de empanadas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Mala educación: mucho atraso

Hace unos cuantos meses entrevistaban por la radio nacional al Rector del Liceo anexo a la Universidad de Nariño para que explicara cómo fue posible que su colegio alcanzara la excelencia, vale decir, el primer lugar en Colombia en las pruebas Icfes.

El Rector, entonces, expresó algo totalmente diferente a lo dicho por académicos neoliberales y periodistas adscritos a la nueva doctrina de que la educación debe ser orientada por la empresa privada para fortalecer a la empresa privada.

Dijo el Rector que a la carga académica exigida por el Ministerio de Educación Nacional se hacía énfasis en el arte, la cultura y las Humanidades. De esta forma se obtenía un conocimiento universal, y el alumno, a la vez que aplicaba sus habilidades en matemáticas, lenguaje y ciencias básicas, desplegaba, con entusiasmo, sus aptitudes artísticas. No había tiempo para aburrirse en el colegio; cada nueva sesión de conocimiento era un nuevo descubrimiento fortalecido por el sedante artístico. La literatura, como arte, era la mejor vía para alcanzar una óptima comprensión de lectura, fundamento de todo aprendizaje.

Un estudiante formado así, con la disciplina de las ciencias y la imaginación que otorga el quehacer artístico, será un profesional íntegro, contestatario, libre para optar por el libre pensamiento. Un profesional que no podrá ser esclavizado sino incluyente en el destino de su país. Tendrá la visión de cuál es el mejor camino para llegar a la patria que necesitamos. 

Pero el proceso de este Liceo no constituye una norma, sino una excepción. La mayoría de los colegios, en especial los concesionados y privatizados, preparan a sus estudiantes para que sean técnicos medianos y mal pagos.

Hace unos pocos domingos, la prensa nacional destacaba que el Icetex había eliminado los posgrados en ciencias humanas tales como la filosofía, antropología, arqueología, sicología y aquellas que tienen que ver con el medio ambiente que es lo mismo decir, con la vida. Nuestros dirigentes académicos le asignaron importancia absoluta a las carreras técnicas, de suerte que formaremos profesionales de alta calidad para que sean absorbidos por los países avanzados, dado que nuestro país no tiene industria ni tecnología desarrolladas. Los profesionales que debemos formar para nuestro país, ahora no van a tener la oportunidad de participar en el despegue de nuestros recursos humanos y naturales para alcanzar un nuevo tipo de progreso que no lo dan las tecnologías de punta.


Es triste que Colombia carezca de una política educativa acorde con lo que somos y con las potencialidades que tenemos; estamos seguros de que si hay una política en la educación, esta es impuesta por los países imperiales sobre nuestros dirigentes sumisos.

viernes, 23 de enero de 2015

No vayan

Llegaron tres damas de la capital a visitar la antigua catedral de sal de Zipaquirá. Pero llegaron tarde. 

Y apareció el párroco del lugar, soberbio y grosero, para decirles que volvieran al otro día, a partir de las 8 de la mañana. 

Las damas argumentaron que venían de muy lejos y no les era posible volver al otro día, que además habían llegado retrasadas cinco minutos y bien podría hacer una excepción habida cuenta de su condición de damas de respetable alcurnia.

El párroco dijo que él no hacía excepciones. Insistieron las nobles hasta que saturaron la neurastenia del cura al amenazarlo con ir a su superior jerárquico y poner la queja. La respuesta del sacerdote fue una:

–¡Váyanse a la mierda!

Las señoras enojadas acudieron entonces al superior, un sacerdote tranquilo, viejo y muy comprensivo. Después de oír sus descargos les preguntó:   
– ¿Y él qué les dijo?

– Que nos fuéramos a la m…

Arqueando las cejas, tomando asiento para dictar su recomendación, el superior pronunció un sabio consejo:

–Pues no vayan.