jueves, 28 de mayo de 2009

Diálogo entre padre e hija

-Las mujeres, que pena, son menos inteligentes que los hombres.

-¿Y por qué dice eso papá?

-Porque hay razones; por ejemplo, ¿cuándo ha sido presidente de Colombia una mujer?

-Pero, según usted, en Colombia nos han gobernado unas bestias.

"Chirrincho" contra "Huesos"

Por la calle cuarta de Popayán todos los días transitaba Daniel Gil Lemos y era objeto de burlas por un par de damas, encañengadas, a quienes apodaban “Huesos”, dada su extrema flacura. Las damas, ocupaban el ventanal tipo balcón y cada vez que pasaba Daniel le decían “Chirrincho” o “Jonás” porque lo veían viejo y como borracho.

Una vez Daniel no se aguantó las ofensas y golpeó la puerta de la casa. Salió la matrona, mamá de las ofensoras.

-Señora, me hace el favor de venderme una libra de carne.

-¡Cómo se atreve señor, esto no es una carnicería!

-¿Cómo que no? Si estoy viendo los “Huesos” en la ventana.

Sí hay derecho

En una de esas escapadas que hacía el “Genio” Castrillón, llegó a la cafetería de la Facultad de Derecho de la Universidad del Cauca, en Popayán. Había estudiantes, hombres y mujeres, en recreo, ese intervalo de descanso entre una clase y otra. Uno de los estudiantes invitó al “Genio” a la mesa y le pidió un tinto. Ya aposentado en su condición de invitado, lanzó una pregunta general que las señoritas escucharon y meditaron con atención:

 

-¿Ustedes saben cuál es el derecho que más les gusta a las mujeres?

-No, señor Castrillón. ¿Cuál es?

-¡Pues el derecho penal!

martes, 19 de mayo de 2009

Acerca de Helcías Martán Góngora

Poesía y agua

Helcías Martán Góngora nació entre la selva y el agua que desemboca en el Pacífico; en ese recodo que le dicen Guapi, el pueblo porteño de rio; donde la selva no puede avanzar más. El hecho, saludado por los alcatraces y las gaviotas, ocurrió un 27 de febrero de 1920.

En español, su primer apellido, Martin, se volvió francés por los ancestros que escarbaban el oro de los afluentes del mar y se enamoraban de las negras que adornaban el paisaje con sus pechos hinchados de vida y erotismo. Así quedó bautizado Helcías Martán Góngora, cuerpo de escritor, donde hay confluencia de razas española, africana y francesa; su sensibilidad artística lo delata.

Su viaje a Medellín, después de transitar por Pasto y Popayán, en los buenos años de su niñez, le sirvió para culminar sus estudios de bachillerato en el Colegio San Ignacio, donde aprendió latín, gramática y retórica.

Dos universidades le dieron la oportunidad de adelantar estudios en Derecho y Ciencias Políticas: el Externado de Colombia en Bogotá y la Universidad del Cauca. Fue dueño de una curul en el Congreso de Colombia; el Congreso necesitaba retóricos falaces y componedores de ilusiones, pero su debilidad fue la poesía, que es más real que cualquier promesa. No volvió.

No fue poeta de verso libre, porque conocía y observaba al rigor la gramática, las reglas del arte poético y las maravillas de la lengua hispana.

En 1964 se presentó a un concurso nacional de novela, patrocinado por una empresa extranjera de hidrocarburos; él, poeta del mar, competía con un poema lírico extendido en prosa que los jurados no pudieron clasificar. Ante la indudable belleza del relato, le dieron mención de honor. Esa única novela se llama Socavón y en ella narra las desventuras de un inmigrante holandés de nombre Hans, quien tomó como esposa a su amante mulata y después murió en el socavón de una mina de oro. En el trasfondo de la novela aparecen los manglares, los ríos, el mar, las tabernas; y más evidentes, los amores tormentosos, las costumbres del litoral caucano.

Uno de sus apartes indica la excesiva pasión costera:

“Pero mi abuelo sembró nietos, como otros siembran árboles, a través de mi padre. Sus plantas nómadas crecen hoy en el manglar de América, junto a los grandes ríos y la feraz intransigencia de la lluvia.

Se dice que su sombra vaga todavía por Sanquianga y Satinga, en torno a la llama de los enterramientos fabulosos, y que navega, a bordo de “El Maraveli”, el bergantín fantasma, que surca un mar de luto y tempestad.”

 

Pero Helcías Martán Góngora no era novelista, era poeta, el poeta del mar y de la sombra tutelar. Así lo atestigua su poesía:

 

Página.

El buque escribe en el agua

con su quilla un largo adiós.

Los peces lo están leyendo

y les duele el corazón.

 

El buque escribe en el agua

el nombre de una mujer

capitán enamorado

nunca lo vuelvas a hacer…

 

Los peces lo están leyendo

ríe al leerlo el delfín.

Página azul de los mares,

¡quién tuviera un bergantín!

 

Invitación

Venid conmigo a compartir la noche,

amadas sombras de mis padres;

venid conmigo a poseer la lumbre

que nace de la estrella de la tarde;

a repetir el júbilo profundo

que brota desde el fondo de la sangre;

venid conmigo a compartir la dicha

y la humana primicia del instante;

amadas sombras tutelares,

porque ha arribado el hijo prometido

a la casa del valle,

a la hora en que el agua de los ríos

deshoja madrigales

y hacia el puerto regresan los marinos

entonando cantares;

venid conmigo a compartir el gozo,

amadas sombras litorales,

y ungid la frente del infante mío

con el beso nocturno de los mares.

 

Alguna vez dijo Meira Delmar, de su émulo de la poesía marina, desde Barranquilla, sobre verdes y corales:

“(…) ola magnífica de poesía, tu océano. Y cómo sube, de las hermosas páginas, olor a mar y a sal, y cómo en el perfume apaga ardores la sed de claridad que llevamos los nacidos frente al milagro cotidiano del azul, que se dobla en cielo y agua, como un espejo. Es un libro bien logrado este que ahora enriquece mis manos y mi emoción; se va por él como por una ruta de viajes, donde encontramos islas para detenernos largamente”.

 

Sus poemas se han traducido a varias lenguas, lo que le valió ser objeto de estudio de académicos como Mosses Harris, de la Universidad de Washington, quien escribió su tesis doctoral con el título de Estructura de la imagen en la poesía de Helcías Martán Góngora; el escritor caucano Guido Enríquez Ruíz, se gradúa en la Universidad del Cauca con su tesis Magia del agua y rito del silencio en la poesía de Martán Góngora.

El 16 de abril de 1984, Helcías Martán Góngora, ancló su vida en la tierra después de descender del barco marino, cargado de imágenes y silencios, que lo acompañó por los mares reales y etéreos; y al día siguiente, Hugo Salazar Valdés, su amigo de los tiempos finales, pronunció la oración fúnebre donde dijo: “…el más grande, el más sereno, el más vibrante poeta marino de Hispanoamérica en los últimos cuarenta años…”, se ha ido.  

 

martes, 31 de marzo de 2009

Cuento histórico

Como lo prometido es deuda, a la historiadora, seguidora de esta página, le dedico este texto que es una aproximación al cuento histórico. Veamos cómo se recibe por los lectores.

V.L.E.


El poeta de la transición

 

La historia empieza una tarde del veinte de octubre de mil ochocientos setenta y tres, cuando faltaban veintisiete años para vencerse el siglo de los próceres y pensadores de aquí y de allá.

En una ciudad adornada por la historia, metrópoli inminente como capital de la grandeza; pequeña aún, cual promesa acabada de formular, nacía el poeta Guillermo Valencia. No fue un acontecimiento extraordinario; era un día normal con luces de amanecer jóvenes, y destellos esplendorosos al final de la tarde, como todos los días, antes de arreciar las lluvias.

El poeta, niño, recorrió disciplinado los peldaños de su instrucción: primero con el profesor Manuel María Luna, un pedagogo rígido y eficaz, y con doce años de niñez, estudiando en lengua francófona la segunda escala del conocimiento con los seminaristas de San Vicente de Paul y su mentor Jean-Baptiste Malezieux. La Universidad lo ungió como poeta en prospección y le extravió el título en Derecho porque era mayor su interés por los literatos originales y no por los incipientes códigos que hacían trastabillar a las nuevas repúblicas americanas, acabadas de parir.

Desde siempre, y más en estas banana republics, para destacarse se ha requerido de un apoyo importante: un padrino, un mecenas, un político… Apareció, entonces el futuro presidente de Colombia, el mismo que desmembró después el terruño del poeta; el mismo que con sapiencia conservadora, dividió en feudos lo que era un Estado de grandeza histórica y llevó al joven bardo a su círculo de poder. Rafael Reyes, se llamaba; fue el encargado de volver aquilatado al versificador desconocido. En contacto con la administración pública se extravió entre poetas por momentos y se asombró con Silva, José Asunción, por la facilidad para rimar difícil, sin perder el sentido de la hipérbole. En mil ochocientos noventa y seis adquirió notoriedad nacional no como cantor de rimas sino como político púber, al entregar su voto a la tolerancia, en la Cámara de Representantes; después, cuando dejó de ser joven, también dejó de ser tolerante.  

Recorrió Europa por sus vericuetos culturales donde conoció la importancia de Weimar para Nietzsche como inmediato sitio de mortaja, cuando siempre fue su refugio desde la cuna hasta la senil locura. También, en su vejez, el poeta remedaría al teutón confundiendo la villa alemana con el Popayán despojado de su frustrada grandeza. Antes de dirigir las armas del exterminio en la “Guerra de los mil días”, ordenado por el presidente José Manuel Marroquín, el poeta lo fue, con sus “Poesías” y el preludio de “Ritos”; pero los bardos lectores no habían olvidado a José Asunción Silva ante quienes el novel vate era un intruso, solo aceptado por su condición de coqueto del poder, poder que acrecentó con sus cargos de ministro de hacienda, representante a la Cámara, gobernador del Cauca; posición ésta que alternó con su estado civil de hombre recién casado, en mil novecientos cuatro. Su poesía estaba enclaustrada en sus baúles mientras ascendía en la escala del poder político. Llegar a senador, ministro de guerra y potencial candidato presidencial fue una realización aprobada por los dioses de la fortuna, como también lo fue publicar en Clifton House, de Londres, su máxima creación: “Ritos”, cuando se agitaban en Europa vientos de guerra, en mil novecientos catorce.

El mundo poético se asombró con los primeros versos:

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,

de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,

los cuellos recogidos, hinchadas las narices,

a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Mas tarde, con el advenimiento en Europa del primer Estado Socialista en mil novecientos diez y siete, el poeta quiso atenuar su agudo conservadurismo, pero aumentar la votación, con una transigencia hacia los liberales que simpatizaban con las ideas del conductor obrero, Lenín; esto le costó la presidencia de la república frente a Marco Fidel Suárez, el ultraconservador bendecido por la Iglesia Católica.

Hay un periodo de dolor por la partida imprevista de Josefina Muñoz, su esposa, ante quien dobló su sensibilidad con grafías de sonetos. Corrían los años veinte de una década trágica para el país, donde Valencia se apartó del protagonismo político al no aceptar el ministerio de gobierno del presidente, también ultragodo, Miguel Abadía Méndez; esta decisión lo protegió de dar explicaciones por la masacre de los obreros bananeros de Ciénaga (Magdalena).

Otra vez su poesía reposa en los baúles, mientras actúa en campaña presidencial contra dos contendientes con pergaminos políticos y militares; triunfa el político y quedan derrotados el militar y el poeta, dos antípodas humanos: la vida, que es poesía y la muerte, que encarna el militar. El político, Enrique Olaya Herrera, se acerca al bardo; es liberal, y quiere un humanismo en su gobierno, quiere un poeta. El maestro Valencia, rechaza el ofrecimiento; vuelve a recordar la Weimar  de Nietzsche y regresa a Popayán a manera de reposo definitivo.

Las calles de su infancia lo acogen como al hijo pródigo; la ciudad lo exalta como a un héroe olímpico, coronado de laurel por sus versos perfectos, plenos de modernismo; hasta Rubén Darío se inclina por la belleza de sus alejandrinos. Vuelven los amigos de bohemias aplazadas, viejos como él, artistas como él. La poesía se renueva en su arcaísmo próximo; se declama ante núbiles damas que la recogen para rejuvenecerla en largas jornadas de arte y erotismo.

 

Sumida entre la lóbrega cantera

de mi cerebro calcinado, pura

como el diamante en el carbón, fulgura

su faz como la vi por vez primera.

 

La ciudad vive porque su poeta vive.

El ocho de julio de mil novecientos cuarenta y tres, cuando estaba en el clímax la gran hecatombe, la destrucción bárbara de la vida rotulada con el eufemismo de segunda guerra mundial, Popayán empezaba a llegar a la mitad del siglo veinte con una trágica noticia, peor que la destrucción de Berlín por las bombas aéreas.

De la casa esquinera de la calle empedrada que da a la más larga construcción de argamasa, salió un hombre pálido gritando la gran tragedia, que se repitió como eco hiperbólico por todos los rincones de la asombrada villa:

¡Se murió el maestro Guillermo Valencia!

lunes, 23 de marzo de 2009

Comentario irreverente

Como es muy posible que este comentario no encuentre un medio de difusión masivo, lo publico aqui con la seguridad de que quien lo lea me dará la razón; caso contrario, que rechace mi apreciación, le quedaré agradecido si me sustenta su posición. Es muy conveniente para la dialéctica exponer argumentos sostenibles. 

JULIO NIETO BERNAL

 

El 2 de enero de 2009 se improvisó una tertulia en Radio Cadena Nacional para recordar a quien, en vida, se le otorgó el nombre de Julio Nieto Bernal, el máximo locutor de Colombia por la calidad de su voz, su exquisita cultura, su iniciativa innovadora que reñía con su talante conservador. Julio Nieto Bernal falleció el 31 de diciembre de 2008 de un paro cardiaco en Bogotá, la ciudad que lo vio crecer como santandereano recursivo y luego lo consagró como excelente comunicador; pero no le dejó ver el año 2009.

Julio, integró esa constelación de locutores que ubicaron a Colombia en el mundo como el país que mejor hablaba el español: sin acento, con magnífica dicción, con palabras precisas. De ese eximio grupo hicieron parte Alejandro Oramas, Otto Greiffestein, Juán Caballero, Jorge Antonio Vega, Baltazar Botero Jaramillo, Julián Ospina Mercado, José Alarcón Mejía, Eucario Bermúdez, Adolfo Blum Rojas, José Alarcón Leal, Fabio Becerra Ruíz… El Ministerio de Comunicaciones era exigente al otorgar la licencia de locución radial; mediante exámenes de cultura general, fonética aplicada y voz microfónica escogía a los mejores para el oficio. Por esa disposición legal se desarrolló una fama que trascendió las fronteras: los mejores locutores de La Voz de América, de la BBC de Londres, de la Radio y Televisión Francesa, eran colombianos.  Hoy es distinto; cualquier gossaín puede hablar por la radio, como locutor, implantando el mal gusto.

Volvamos a la tertulia improvisada que protagonizaron unos alumnos de Julio que -¡es una lástima!- no aprendieron que la cultura (entendida como el conocimiento que genera el respeto hacia nuestros semejantes) es el mejor apoyo para infundir autoridad en la voz.

 La falta de precisión en el decir se hizo palpable en una frase del señor Javier Ayala, quien realmente celebraba la reunión de los colegas de todos los medios, pero quedó así:

 “Estamos felices por la muerte de Julio”.

 Un periodista de kilates (por la plata que gana), el señor Darío Aristmendi, quiso hacer un elogio de la iniciativa de Julio Nieto Bernal para montar programas periodísticos pero le salió al revés, como un ludibrio:

 “Julio se inventó el colectivo traído de Argentina”.

 El homenaje tertuliesco a Julio, dio para comprobar que la telepatía ronda a los comunicadores que nos atormentan:

 Dijo Juan Gossaín:

 -Javier, ¿sabe qué estoy pensando?

 Respondió Javier Ayala:

 -Sí, Juan.

 

Nueva urbanidad

Entraron al pasillo, sala de espera de una dependencia universitaria, dos jóvenes, seguramente estudiantes. Pasaron de largo sin reparar en la presencia de un señor que, paciente, esperaba sentado la apertura de oficinas.

Después de un breve tiempo los jóvenes, al no encontrar la oficina que buscaban, se dirigieron al señor:

 -Señor, ¿nos puede indicar dónde queda la oficina de cultura?

-Yo no estoy aquí, señores.

-¿Cómo?

-No estoy aquí.

-Señor, no entendemos lo que nos quiere decir.

-Deben entenderlo por la sencilla lógica de que si ustedes entraron y no me determinaron con un “buenas tardes”, es porque no estoy aquí. 

lunes, 16 de marzo de 2009

Venerable edad

En una larga fila bancaria de jubilados en pos de una nueva mesada, a alguno de ellos se le cayó un papel al suelo. El septuagenario se demoró poco en agacharse y muchísimo en ponerse de pies después de recoger el documento. Viendo esta escena, otro de la fila de atrás le comentó a la cincuentona que tenía delante:

-Uno, a esa edad se le cae todo.

-Claro, ¿no ve que a esa edad la fuerza de gravedad de la tierra ejerce mayor atracción?

viernes, 13 de marzo de 2009

Horóscopo travieso

-¿Lees el horóscopo?

-Sí.

-¡Pero si eso es una pendejada!

-¿Sabes que no? La última vez que leí tu horóscopo decía: “Este año usted va a encontrar el gran amor de su vida; y es del mismo sexo”.

lunes, 9 de marzo de 2009

Verde, que te quiero verde

 

Ahora, que el equipo de fútbol Atlético Nacional, de Medellín, anda en el final de la tabla del campeonato colombiano, a Pablo Emilio Roldán se le ocurrió comentar con Gustavo Gómez, el compositor de piezas musicales, que a partir de la fecha su equipo verde no volvería a perder. Gustavo le dio la razón admirando e interrogando:

 

-¡Ah! ¡No me digás! ¿El Nacional se va a retirar del campeonato?