lunes, 23 de mayo de 2011

Niños y jóvenes marginados

Los gobernantes y los secretarios de educación, hoy miran a la niñez y a la juventud como un problema. Teníamos la certeza de que era al contrario: eran la solución futura de nuestros males, propiciados por nosotros, los adultos. Por ahí un gobernante lanzó una expresión que resume su impotencia: “Internet es un gran problema”. Cuando entrevistan por los medios de prensa a las secretarias de educación, no se habla de educación, se habla de los aspectos administrativos de la dependencia encargada de impartirla. Ellas son muy simpáticas pero no saben de educación, no tienen propuestas, de eso no hablan. Según los cánones del capitalismo la mejor inversión es la que se hace en la juventud innovadora, pero eso tampoco se hace.

Aquí en nuestra ciudad, que es el reflejo del país, nos extrañamos por las asonadas de los niños, por la acción violenta de los jóvenes y ni siquiera los psicólogos se preguntan por qué y, cuando lo hacen, sus respuestas son erróneas porque están tabuladas a lo gringo. Los niños y los jóvenes hace rato están diciendo, en el idioma que los adultos les han enseñado, que los tengan en cuenta dentro de los planes de ciudad, de región, de país.

Aquí en Popayán no nos hemos dado cuenta que los niños y los jóvenes de hoy son diferentes de lo que fuimos nosotros. A ellos no se les puede decir mentiras, como nos las dijeron a nosotros, porque tienen cómo comprobarlas de inmediato y reaccionan a su estilo; ellos tienen un conocimiento superior que desborda al de sus padres, al de sus gobernantes, al de los curas. Son víctimas de la injusticia social que les impide ejercer como niños y jóvenes el progreso de la humanidad.
El sistema educativo colombiano es retrógrado, enseña las mismas mentiras de siempre; ineficiente, no alcanza a educar a todos los niños y jóvenes de Colombia; ineficaz, no enseña sino que frustra; considera que la recreación es pérdida de tiempo.  En síntesis, los niños y jóvenes no se incluyen en una sociedad que los margina, que los ignora, que los persigue y hasta los mata.

Un simple ejemplo, dado por nuestro benemérito alcalde, nos sirve para afirmar lo equivocada que está nuestra política para afrontar los problemas sociales, para intentar corregir las protestas infantiles y juveniles. Se presenta como gran triunfo de una administración agónica, el hecho de invertir un valioso recurso para comprar diez hectáreas de terreno con destino a los cuarteles de la nueva policía metropolitana. Triste final de una administración que hubiera podido salvarse del desprestigio, destinando esos mismos recursos para adquirir esa área de terreno y propiciar la creación de un gran centro de recreación como lo piden a gritos los niños y jóvenes. Porque aquí, en Popayán, no hay sitios de recreación y cultura que congregue a los jóvenes, y ellos se los tienen que buscar dada su activa naturaleza.

Pero esa es nuestra política: quiere resolver los problemas sociales ignorando las causas y atacando las consecuencias. 

domingo, 15 de mayo de 2011

Después de la reflexión

Pasado el tiempo de la reflexión, queda en el aire lo dicho por nuestros políticos de moda, en visita obligada de Semana Santa. En meditación religiosa expusieron sus buenas intenciones y sus propósitos de enmienda.

Ahora viene nuestra reflexión terrenal, alejada de todo propósito de alcanzar la salvación eterna.
  
Dijo uno de ellos, en su acostumbrado lenguaje de seminarista regañado, que ya es hora de que el departamento del Cauca emprenda obras trascendentales para su desarrollo. Citó como impostergables la ejecución de la carretera al mar, la pavimentación de la vía al Huila que nos acercaría a Bogotá, la construcción de la variante Timbío - El Estanquillo, la acometida de nuevas carreteras secundarias para desembotellar ricas e importantes regiones como el Macizo Colombiano, la Bota Caucana, el Naya, el Patía y el oriente turístico. En síntesis, hizo una radiografía de viejos anhelos que todos esperamos se vuelvan realidad antes de que nuestros nietos envejezcan. Habló de las regalías, que a partir del próximo año le tocarán al Cauca con una apropiación estimada en 400 mil millones de pesos anuales y asentó en esta cifra la esperanza de lograr el, hasta ahora, frustrado desarrollo.

Sin embargo algo va de Pedro a Pablo.

Es claro que nuestra clase política afirma su poder en la pobreza de sus gentes y en la ignorancia de sus electores. El desarrollo no deja de ser un espejismo electoral que se intensifica en víspera de elecciones. Es como prometer a un desempleado que esta vez sí va a trabajar; o a un pobre, que ya no tendrá necesidad de acudir a la caridad cristiana para sobrevivir; a un estudiante, que podrá entrar a la universidad únicamente con sus capacidades intelectuales. Es, en fin, el discurso centenario de buenas intenciones renovado cada vez que se acerca la contienda, por no decir la componenda, electoral. Pero el tal desarrollo no llega porque eso sería tanto como sepultar la actual clase política.

Si hay un departamento que necesita aprovechar sus recursos es el Cauca bajo la cobija de un Plan de Desarrollo, pero no creo que con un presupuesto de 400 mil millones alcance, si la corrupción está al acecho, si el despilfarro en medio del desorden se acrecentará; tampoco creo que a nuestros políticos les guste el orden de los proyectos cuando para ellos es fundamental el desorden administrativo que facilita la corrupción.

Un Estado ordenado, un Estado con planeación, sería el camino fácil para llegar al desarrollo; desarrollo concertado con los ciudadanos de conocimiento, de ideas, de emprendimiento y no sólo de buenas intenciones.

Imposible, por ahora, llegar allí.

Ya vemos cómo mientras los políticos van por un lado, defendiendo sus mezquinos intereses con el lenguaje de las promesas no cumplidas, los ciudadanos vamos por otro, con esfuerzos individuales (cuando deberían ser colectivos), propiciando un mejor futuro para nuestro país que será el mismo de nuestros hijos.

sábado, 14 de mayo de 2011

Por los barrios

Algunos estudiantes de Historia de la Universidad del Cauca, están adelantando un trabajo loable para buscar elementos de la Historia fuera de los documentos y testimonios escritos. Ellos buscan otro lenguaje histórico en los medios audiovisuales y el devenir de las gentes del común. A manera de anécdota, nos causó hilaridad una entrevista a un personaje de barrio cuando, frente a la cámara, le preguntaron:

-¿Usted ha visto asentarse en su barrio personas afro?

Espontáneamente expresó:

-Pues no sé decirle. Lo que sí he visto es personas a lo bien.

domingo, 1 de mayo de 2011

Discurso del cacique GUAICAIPURO CUAUHTÉMOC

DISCURSO DEL CACIQUE MEXICANO GUAICAIPURO CUAUHTÉMOC, ANTE LA REUNIÓN DE JEFES DE ESTADO DE LA COMUNIDAD EUROPEA, EL 8 DE FEBRERO DE 2002.

Con lenguaje simple, que era trasmitido en traducción simultánea a más de un centenar de Jefes de Estado y dignatarios de la Comunidad Europea, el Cacique Guaicaipuro Cuauhtémoc logró inquietar a su audiencia cuando dijo:

"Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuauhtémoc he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.

Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace solo quinientos años.

Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante.

Nunca tendremos otra cosa.

El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.

El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.

El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.

Yo los voy descubriendo. También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses.

Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.

¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.

¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!

¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos!

¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa.

Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.

Yo, Guaicaipuro Cuauhtémoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis.

Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan "MARSHALLTESUMA", para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.

Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos:

¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?

Deploramos decir que no.

En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reich’s y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.

En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.

Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente hemos demorado todos estos siglos en cobrar.

Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos les cobran a los pueblos del Tercer Mundo.

Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado solo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia.

Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.

Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra.

Muy pesadas son esas moles de oro y plata. ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?

Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.

Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indios americanos.

Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica..."

Cuando el Cacique Guaicaipuro Cuauhtémoc dio su conferencia ante la reunión de JEFES DE ESTADO DE LA COMUNIDAD EUROPEA , no sabía que estaba exponiendo una tesis de Derecho Internacional para determinar LA VERDADERA DEUDA EXTERNA. Ahora solo resta que algún gobierno, latinoamericano tenga el valor suficiente para hacer el reclamo ante los tribunales Internacionales.

sábado, 30 de abril de 2011

Entendida China, ignorante Iberia

Difícil que un chino se haga entender en la nueva Iberia. Sucedió que a Barcelona, España, llegó un emigrante desde la región remota de la Gran Muralla. Se alojó en un conjunto de propiedad horizontal, muy vecino del señor Manuel Curro.
Con su ancestral cultura, el chino Amao Chetiang, que así se llamaba, saludaba por las mañanas a su vecino:
-Buenos lías, señol Culo.
El señor Curro, enchapado a la antigua, entendía primero la ofensa que la limitación idiomática.
La escena se repetía todas las mañanas hasta que don Manuel adoptó una decisión violenta para evitarla. Compró dos perros doberman, y, así, cada vez que se encontraban los vecinos, los perros intentaban agredir al chino que, asustado, se refugiaba en su habitación. Varias veces intentó el chino defenderse con un cuchillo, pero el señor Manuel Curro silbaba y los perros se perdían en su cuarto. Esta vez se cansó el descendiente de Confucio y fue a la Delegación de policía a poner la queja.
-¿Qué se os ofrece, señor Amao, –preguntó el jefe policial–.
-Señol policía: sucele que pol las mañanas me salen los pelos del señol Culo y no puelo tlabajal.
El jefe de la delegación no pudo evitar una sonrisa y sólo se le ocurrió una solución insólita a un problema no entendido todavía:
-Este… pues… muy fácil, ¿por qué no los cortas?
-Lo quise hacel, señol policía, pelo cada vez que los voy a coltal, el señol Culo silba y se van pa´ lentlo.

domingo, 24 de abril de 2011

Jorge Flórez Calvo

En una de las veces del siglo pasado, cuando transmitíamos un concierto del Festival de Música Religiosa de Popayán, se acercó una dama europea a nuestra banca del templo de la Encarnación para acompañarnos y decirnos que ella, en Europa, no había visto que los conciertos de música se emitieran por la radio con tal grado de conocimiento y buen gusto. Claro, el conocimiento y el buen gusto eran de Jorge Flórez Calvo.

Fueron largos los años de festival que coincidimos, Jorge y yo, en las sesiones de música sinfónica y de cámara, desde aquel memorable Concierto de Aranjuez con la Orquesta Sinfónica de Colombia y el mejor guitarrista de ese entonces, Gentil Montaña, en el Teatro Municipal, en la década de los setenta, hasta el último, el Réquiem de Mozart, hace pocos años, también con la Orquesta Sinfónica de Colombia y el Coro de Cámara de Popayán.  Durante esas coincidencias y de la mano de Jorge Flórez Calvo tuvimos el privilegio de conocer la historia del arte musical, de saber escuchar la música sinfónica. Fue una cátedra artística que duró cerca de treinta años.  Siempre me aseguró que en el primer balcón del Teatro Municipal, a mano derecha, era donde mejor se oían los violines. Cuando dejamos de transmitir música para la radio, seguimos apareciendo en ese balcón como espectadores añejos. Eran deliciosas las tertulias que hacíamos antes de un concierto y en el intermedio, que inducían al silencio en nuestros compañeros de palco.

Pero Jorge Flórez Calvo fue, además, un gestor cultural incomparable. Fue, entre sus múltiples facetas, quien promovió y sostuvo el Encuentro Nacional de Tríos, donde tuvimos la oportunidad de escuchar a los mejores músicos del género del país.  Los tríos payaneses, de bluyín y camiseta, fueron elevados a la categoría de corbatín y smoking, al codearse con los consagrados tríos nacionales. Todavía hoy nos hace falta al promotor de cultura con esas virtudes. Todavía hoy nos hace falta ese carácter de papá bravo, que en pleno auditorio de la Facultad de Medicina, nos regañaba por una botella de aguardiente que rodaba ya vacía. Alguna vez me dijo: “Yo no puedo entender que tengan que embriagarse con alcohol cuando la música es embriagadora”.

Fue un ciudadano de mundo, con nacionalidad de español y habladito patojo, que le gustaban los viajes tanto como una deliciosa sinfonía de Tchaickovsky.  Fue en uno de esos viajes que no quiso regresar y por eso lo extrañamos. Su figura altiva se insinuaba de buena estatura por lo delgada; gesticulaba nervioso con el cuerpo para hablar; improvisábamos tertulias por cinco minutos y luego desaparecía con una recomendación: “Te veré en el concierto del jueves santo”.

Los conciertos del Festival de Música en Semana Santa ya no son lo mismo ante la ausencia definitiva de Jorge Flórez Calvo. Entramos al teatro con un mutismo profundo y salimos igual; falta ese maestro que hacía interesante un compositor desconocido del siglo XVII y más interesante todavía a un cuarteto de música de cámara de la antigua Yugoeslavia. Seguimos sus consejos para apreciar la música sinfónica, seguimos asistiendo a los conciertos, pero… ¡qué vacío tan grande se siente en el primer balcón, mano derecha, del Teatro Municipal de Popayán, sin Jorge Flórez Calvo! 

sábado, 23 de abril de 2011

¡Que suenen los cristales!

No había duda sobre la fuerte antipatía que Nicolás profesaba al magnate del ganado, Mario; lo detestaba por hambriento, tacaño y millonario. Quiso el destino que Mario fuera vecino de Nicolás y la antipatía se acrecentó hasta bordear el odio; quiso el destino, también, que por azares sociales Nicolás llegara a la casa de Mario (allí en frente) a compartir un minúsculo café que era lo que daba, en el extremo de la tacañería, Mario. La losa era de clara estirpe pobretona, tanto, que el pocillo semejaba a algo parecido al plástico, en vez de porcelana como se estilaba entre egregios ricachones.
Una vez pasó el café, otro vecino, posiblemente el magistrado Solarte, ofreció una botella de vino de buena casa para no dispersar la reunión. Solarte entregó el vino a doña Dolores, esposa de Mario, para que lo sirviera a la mesa según los protocolos franceses. Hubo una demora excesiva antes de que apareciera la sirvienta de la casa, que reemplazaba a doña Dolores en esta etapa de la ceremonia, con el vino ya servido en unas soberbias copas de cristal que chillaban frente a la pueblerina vajilla del café inicial. Nicolás observó las copas primero que al vino y comenzó a rebajar la antipatía hacia Mario. Después de todo, Mario tenía arrestos de buen gusto y los compartía con sus visitas; después de todo había un ligero desprendimiento del ordinario ganadero para atender con decencia a sus vecinos.
Luego de una hora de charla y risas y de vaciar casi todo el contenido de la botella, Nicolás se extravió en simpatía y propuso un brindis singular: “Choquemos las copas hasta que suenen los cristales”. El choque de Mario excedió la resistencia de una copa que terminó en pedazos. Nicolás, exaltado por el hecho, repitió “que suenen los cristales” y arrojó una copa al piso. Mario no se quedó atrás y a la exhortación impuesta, partió en mil pedazos otra de sus copas. Emocionado, Solarte, imitó la lujuria destructiva y astilló su correspondiente copa. Así al grito de guerra, “que suenen los cristales”, las copas terminaron por ser una ínfima referencia de la amistad de los vecinos.

Terminado el singular evento, Nicolás llegó a su casa (ahí al frente) rebosante de felicidad, esa felicidad que otorga la consumación de la antipatía y le comentó a su esposa que se sentía feliz porque al miserable de Mario le había hecho destruir su valiosa cristalería francesa.
-¡No puede ser mijo!, –reaccionó la señora- ¿quebraron las copas?
-Sí. ¿De qué te extrañas? ¿No te parece maravilloso?
-¡Pero si ese Mario no tiene en qué caerse muerto con sus millones! Aquí vino su mujer a suplicar que le prestara nuestra cristalería porque allá no tenían en qué servir un vino.

domingo, 17 de abril de 2011

Resfrío centenario

En épocas remotas del Club Popayán, cuando los socios eran menos y pagaban más, lo administraba Gerardo Castrillón quien, fiel a su estirpe, no desperdiciaba ocasión para burlarse de cualquier acontecimiento. Hubo uno que congregó a la ciudadanía pues se trataba de un matrimonio judío, algo nunca visto por estos lugares cristianos. Para el efecto, los contrayentes habían traído desde Jerusalén a un anciano rabino, venerable vejestorio como de las épocas de la crucifixión, que ofició la ceremonia en el primer piso del club. Como los vientos en Popayán son intempestivos y fríos, alguien sugirió a Gerardo cerrar las ventanas para evitar un resfriado al sacerdote. Cuando el administrador se aprestaba a cumplir el mandado, los ciudadanos agolpados en las ventanas le pidieron que no las cerrara para ver la ceremonia, pero Gerardo les explicó: “Lo siento mucho pero me mandan que cierre porque se les enfría el rabino”.

sábado, 16 de abril de 2011

Sobre una charla de Giovanni Quessep

-¿Confiesa, señor Artigas, que cometió plagio?

-Señor juez: Es posible que Las mil y una noches, tal vez escrita por un árabe en el siglo IX…

-¡Señor Artigas! ¿Cometió o no cometió plagio usted?

-Señor juez: Usted está juzgando a un escritor por una denuncia de otro escritor sobre una obra literaria que escribí. Mi denunciante asegura que lo mío es un plagio de una de sus obras, porque la idea original fue suya y él dice que yo la robé. Permítame, entonces, que me defienda como escritor, dado que no lo puedo hacer como abogado. Si respondo a su pregunta en la forma como usted me alecciona, como un dilema irreconciliable, estaría traicionando mi condición de hombre de letras, de constructor de frases, de hacedor de historias. Después de mi disertación, que prometo fiel y atemperada a la verdad, sin sofismas que escondan una línea justiciera, usted podrá juzgar como le dicte la razón, que es más poderosa que las leyes escritas por hombres que quieren ser directos y justos y apenas les alcanzan los sustantivos para nombrar y los adjetivos para definir los delitos.

-Excuse, señor Artigas, el procedimiento me obliga a iniciar el juicio con la pregunta al acusado de si se declara o no culpable del delito que se le imputa, pero como usted tiene un discurso para sustentar su respuesta, entonces, estaré dispuesto a oírlo hasta el final.

-Gracias, señor juez, usted hace honor a la palabra. Continúo, entonces. Decía, al principio de esta audiencia, que ese conjunto de relatos llamado Las mil y una noches escrito en el siglo IX, que narra los viajes de Simbad el marino, es muy probable que haya encontrado su inspiración en la Odisea, escrita en el siglo VIII antes de nuestra era, presumiblemente por Homero. Si nos atrevemos a leerlas vemos un paralelismo en ciertos pasajes; los peligros que afronta Ulises en su viaje de regreso a Itaca, su reino, y los que ponen en riesgo la vida de Simbad en sus reiterados viajes, configuran una idea amplia y similar. Pero son relatos diferentes por la calidad narrativa, por la utilización de metáforas distintas, por el vuelo de la imaginación diametralmente opuesta en ambos, por los mitos introducidos que reconocen griegos y árabes, en su momento, y hoy toda la humanidad. Nadie se atrevería a señalar, ni menos a acusar, a Las mil y una noches de plagio de la Odisea.

La primera novela, Genji Monogatari, fue escrita por una mujer en el siglo X (¡Loas a la mujer!), la escribió una japonesa, Murasaki Shikibu. Es una bella novela que recomiendo leer. Lo grave del asunto es que tiene más de mil páginas y se debe entender a la rígida sociedad nipona de entonces. De esa novela se derivaron otras obras en árabe, en turco, en inglés, hasta en español. La extensa novela dio origen a otras menores en tamaño, no así en calidad narrativa. Los escritores pudieron o no haber leído la novela japonesa, sin embargo, nadie se atrevería a calificar de plagio a ninguno de estos novelistas aunque hubieran tomado ideas narrativas de Genji Monogatari, porque lo hecho por ellos fue un arte superior para sus costumbres, o diferente y bello en su entorno social. Aquí podríamos decir que una exquisita propuesta estética conduce a otras realizaciones igual de bellas.
Es lo que pasa con la tradición oral: un primitivo relato con el paso de los años y de los personajes se engrandece, se enriquece, se parte en mil relatos; algunos se transforman tanto que sería imposible distinguirlos del origen. Todos son diferentes cuentos porque tienen el agregado de infinidad de narradores. Se me hace imposible la acusación de plagio.

Alguna vez el escritor Gabriel García Márquez, presentó a consideración de un eminente narrador su primera novela antes de publicarla, La hojarasca, y recibió de inmediato una expresión que lo enmudeció: “Parece una obra escrita por Sófocles”. No lo dijo por elogiar su estilo sino porque tenía elementos que divagaban por las obras de Sófocles. García Márquez lo entendió y pidió otra opinión para que se evitara la presunción de plagio. El escritor abordado, le recomendó escribir un epígrafe de Sófocles al comienzo de la novela. Así se hizo y hoy nadie puede acusar a Gabriel García Márquez de plagio. Además Sófocles ya no lo necesita después de veinticuatro siglos de reconocimiento.

Ahora, señor juez, voy a contestar su pregunta: no he cometido plagio por una idea que he engalanado con mis propios atributos artísticos y la he llevado a un reconocimiento público, tanto que se nota diferente y novedosa. Plagio sería que esa idea se hubiera quedado pobre, cobijada por la simplicidad intrascendente, aniquilada por vulgares gacetillas y la hubiera publicado, tal cual, con mi nombre.  Por todo lo dicho, no he cometido plagio.

Gracias, señor juez.

domingo, 10 de abril de 2011

¿Qué le pasa a nuestro país?

No se trata de la nostalgia del viejo por los tiempos idos, pero tal parece que este país, Colombia, no es el nuestro.

Si abrimos la prensa diaria, si vemos la televisión, si oímos la radio, nos encontramos con que los protagonistas son militares, policías, delincuentes; a veces aparecen políticos agitados camino a la cárcel; en otras, modelos de cine que, al igual que los futbolistas, es mejor que no hablen y en el más recóndito rincón, se insinúa borroso un artista plástico o un escritor, a quien generalmente no dejan hablar mucho, porque se baja el “reitin”. Es decir, parece que habitamos un país en guerra, o descuadernado, donde no hay espacio para las bellas artes

Algo le está pasando a nuestro país cuando, para escuchar música colombiana en la radio, vamos que tener que traducirla al inglés. Todos los días, indefectiblemente, la radio nos quiere meter el cuento de que es una belleza de canción esa que canta un tipo de nombre enrevesado, que la locutora pronuncia tan impecable que quedamos en las mismas, con el título más raro aún, en un inglés tan puro que no se entiende nada. Si en la radio ya no se escucha la música colombiana, es porque nos quitaron el país.

De la televisión ni se diga. Es un apéndice del poder de turno que no admite controversia. La televisión dice rechazar la violencia, pero nos atiborra de series gringas donde el matón es un gringo negro de la CIA, donde los muertos ocurren por montones para defender la libertad gringa. Todo es gringo. Los dramas europeos y las historias de amor clásicas no tienen cabida.

La prensa escrita se volvió frívola. Cuando, por accidente, surge un pensador colombiano con un punto de vista novedoso sobre el acontecer nacional, se destaca en la última página, lado izquierdo donde no la lee nadie. Pero si esa misma opinión la emite cualquier extranjero con nombre inglés, merece los titulares de la primera página. Antes lo llamaban, a ese gringo, sumo sacerdote o zar, ahora lo llaman “gurú” de cualquier cosa. Una traviesa barbaridad que se le ocurra a ese inglés, es una posición respetable; pero una novedad conceptual de un intelectual colombiano es tildada de grosera, impertinente, cuando no reducida a peyorativa. Según nuestra prensa nacional, los colombianos no pensamos o, peor, no existimos.

Nos quitaron a nuestro país y no queremos darnos cuenta.

Hasta en los centros comerciales nos muestran un aviso grande que dice SALE, que para nosotros significa acción de salir pero para los nuevos vendedores quiere decir venta. Si seguimos así, si lo permitimos, cualquier día nos van a expulsar de nuestro terruño por estar de ilegales en un país que habla otro idioma que no entendemos, que se volvió civilizado en medio de la pobreza.