sábado, 23 de abril de 2011

¡Que suenen los cristales!

No había duda sobre la fuerte antipatía que Nicolás profesaba al magnate del ganado, Mario; lo detestaba por hambriento, tacaño y millonario. Quiso el destino que Mario fuera vecino de Nicolás y la antipatía se acrecentó hasta bordear el odio; quiso el destino, también, que por azares sociales Nicolás llegara a la casa de Mario (allí en frente) a compartir un minúsculo café que era lo que daba, en el extremo de la tacañería, Mario. La losa era de clara estirpe pobretona, tanto, que el pocillo semejaba a algo parecido al plástico, en vez de porcelana como se estilaba entre egregios ricachones.
Una vez pasó el café, otro vecino, posiblemente el magistrado Solarte, ofreció una botella de vino de buena casa para no dispersar la reunión. Solarte entregó el vino a doña Dolores, esposa de Mario, para que lo sirviera a la mesa según los protocolos franceses. Hubo una demora excesiva antes de que apareciera la sirvienta de la casa, que reemplazaba a doña Dolores en esta etapa de la ceremonia, con el vino ya servido en unas soberbias copas de cristal que chillaban frente a la pueblerina vajilla del café inicial. Nicolás observó las copas primero que al vino y comenzó a rebajar la antipatía hacia Mario. Después de todo, Mario tenía arrestos de buen gusto y los compartía con sus visitas; después de todo había un ligero desprendimiento del ordinario ganadero para atender con decencia a sus vecinos.
Luego de una hora de charla y risas y de vaciar casi todo el contenido de la botella, Nicolás se extravió en simpatía y propuso un brindis singular: “Choquemos las copas hasta que suenen los cristales”. El choque de Mario excedió la resistencia de una copa que terminó en pedazos. Nicolás, exaltado por el hecho, repitió “que suenen los cristales” y arrojó una copa al piso. Mario no se quedó atrás y a la exhortación impuesta, partió en mil pedazos otra de sus copas. Emocionado, Solarte, imitó la lujuria destructiva y astilló su correspondiente copa. Así al grito de guerra, “que suenen los cristales”, las copas terminaron por ser una ínfima referencia de la amistad de los vecinos.

Terminado el singular evento, Nicolás llegó a su casa (ahí al frente) rebosante de felicidad, esa felicidad que otorga la consumación de la antipatía y le comentó a su esposa que se sentía feliz porque al miserable de Mario le había hecho destruir su valiosa cristalería francesa.
-¡No puede ser mijo!, –reaccionó la señora- ¿quebraron las copas?
-Sí. ¿De qué te extrañas? ¿No te parece maravilloso?
-¡Pero si ese Mario no tiene en qué caerse muerto con sus millones! Aquí vino su mujer a suplicar que le prestara nuestra cristalería porque allá no tenían en qué servir un vino.

domingo, 17 de abril de 2011

Resfrío centenario

En épocas remotas del Club Popayán, cuando los socios eran menos y pagaban más, lo administraba Gerardo Castrillón quien, fiel a su estirpe, no desperdiciaba ocasión para burlarse de cualquier acontecimiento. Hubo uno que congregó a la ciudadanía pues se trataba de un matrimonio judío, algo nunca visto por estos lugares cristianos. Para el efecto, los contrayentes habían traído desde Jerusalén a un anciano rabino, venerable vejestorio como de las épocas de la crucifixión, que ofició la ceremonia en el primer piso del club. Como los vientos en Popayán son intempestivos y fríos, alguien sugirió a Gerardo cerrar las ventanas para evitar un resfriado al sacerdote. Cuando el administrador se aprestaba a cumplir el mandado, los ciudadanos agolpados en las ventanas le pidieron que no las cerrara para ver la ceremonia, pero Gerardo les explicó: “Lo siento mucho pero me mandan que cierre porque se les enfría el rabino”.

sábado, 16 de abril de 2011

Sobre una charla de Giovanni Quessep

-¿Confiesa, señor Artigas, que cometió plagio?

-Señor juez: Es posible que Las mil y una noches, tal vez escrita por un árabe en el siglo IX…

-¡Señor Artigas! ¿Cometió o no cometió plagio usted?

-Señor juez: Usted está juzgando a un escritor por una denuncia de otro escritor sobre una obra literaria que escribí. Mi denunciante asegura que lo mío es un plagio de una de sus obras, porque la idea original fue suya y él dice que yo la robé. Permítame, entonces, que me defienda como escritor, dado que no lo puedo hacer como abogado. Si respondo a su pregunta en la forma como usted me alecciona, como un dilema irreconciliable, estaría traicionando mi condición de hombre de letras, de constructor de frases, de hacedor de historias. Después de mi disertación, que prometo fiel y atemperada a la verdad, sin sofismas que escondan una línea justiciera, usted podrá juzgar como le dicte la razón, que es más poderosa que las leyes escritas por hombres que quieren ser directos y justos y apenas les alcanzan los sustantivos para nombrar y los adjetivos para definir los delitos.

-Excuse, señor Artigas, el procedimiento me obliga a iniciar el juicio con la pregunta al acusado de si se declara o no culpable del delito que se le imputa, pero como usted tiene un discurso para sustentar su respuesta, entonces, estaré dispuesto a oírlo hasta el final.

-Gracias, señor juez, usted hace honor a la palabra. Continúo, entonces. Decía, al principio de esta audiencia, que ese conjunto de relatos llamado Las mil y una noches escrito en el siglo IX, que narra los viajes de Simbad el marino, es muy probable que haya encontrado su inspiración en la Odisea, escrita en el siglo VIII antes de nuestra era, presumiblemente por Homero. Si nos atrevemos a leerlas vemos un paralelismo en ciertos pasajes; los peligros que afronta Ulises en su viaje de regreso a Itaca, su reino, y los que ponen en riesgo la vida de Simbad en sus reiterados viajes, configuran una idea amplia y similar. Pero son relatos diferentes por la calidad narrativa, por la utilización de metáforas distintas, por el vuelo de la imaginación diametralmente opuesta en ambos, por los mitos introducidos que reconocen griegos y árabes, en su momento, y hoy toda la humanidad. Nadie se atrevería a señalar, ni menos a acusar, a Las mil y una noches de plagio de la Odisea.

La primera novela, Genji Monogatari, fue escrita por una mujer en el siglo X (¡Loas a la mujer!), la escribió una japonesa, Murasaki Shikibu. Es una bella novela que recomiendo leer. Lo grave del asunto es que tiene más de mil páginas y se debe entender a la rígida sociedad nipona de entonces. De esa novela se derivaron otras obras en árabe, en turco, en inglés, hasta en español. La extensa novela dio origen a otras menores en tamaño, no así en calidad narrativa. Los escritores pudieron o no haber leído la novela japonesa, sin embargo, nadie se atrevería a calificar de plagio a ninguno de estos novelistas aunque hubieran tomado ideas narrativas de Genji Monogatari, porque lo hecho por ellos fue un arte superior para sus costumbres, o diferente y bello en su entorno social. Aquí podríamos decir que una exquisita propuesta estética conduce a otras realizaciones igual de bellas.
Es lo que pasa con la tradición oral: un primitivo relato con el paso de los años y de los personajes se engrandece, se enriquece, se parte en mil relatos; algunos se transforman tanto que sería imposible distinguirlos del origen. Todos son diferentes cuentos porque tienen el agregado de infinidad de narradores. Se me hace imposible la acusación de plagio.

Alguna vez el escritor Gabriel García Márquez, presentó a consideración de un eminente narrador su primera novela antes de publicarla, La hojarasca, y recibió de inmediato una expresión que lo enmudeció: “Parece una obra escrita por Sófocles”. No lo dijo por elogiar su estilo sino porque tenía elementos que divagaban por las obras de Sófocles. García Márquez lo entendió y pidió otra opinión para que se evitara la presunción de plagio. El escritor abordado, le recomendó escribir un epígrafe de Sófocles al comienzo de la novela. Así se hizo y hoy nadie puede acusar a Gabriel García Márquez de plagio. Además Sófocles ya no lo necesita después de veinticuatro siglos de reconocimiento.

Ahora, señor juez, voy a contestar su pregunta: no he cometido plagio por una idea que he engalanado con mis propios atributos artísticos y la he llevado a un reconocimiento público, tanto que se nota diferente y novedosa. Plagio sería que esa idea se hubiera quedado pobre, cobijada por la simplicidad intrascendente, aniquilada por vulgares gacetillas y la hubiera publicado, tal cual, con mi nombre.  Por todo lo dicho, no he cometido plagio.

Gracias, señor juez.

domingo, 10 de abril de 2011

¿Qué le pasa a nuestro país?

No se trata de la nostalgia del viejo por los tiempos idos, pero tal parece que este país, Colombia, no es el nuestro.

Si abrimos la prensa diaria, si vemos la televisión, si oímos la radio, nos encontramos con que los protagonistas son militares, policías, delincuentes; a veces aparecen políticos agitados camino a la cárcel; en otras, modelos de cine que, al igual que los futbolistas, es mejor que no hablen y en el más recóndito rincón, se insinúa borroso un artista plástico o un escritor, a quien generalmente no dejan hablar mucho, porque se baja el “reitin”. Es decir, parece que habitamos un país en guerra, o descuadernado, donde no hay espacio para las bellas artes

Algo le está pasando a nuestro país cuando, para escuchar música colombiana en la radio, vamos que tener que traducirla al inglés. Todos los días, indefectiblemente, la radio nos quiere meter el cuento de que es una belleza de canción esa que canta un tipo de nombre enrevesado, que la locutora pronuncia tan impecable que quedamos en las mismas, con el título más raro aún, en un inglés tan puro que no se entiende nada. Si en la radio ya no se escucha la música colombiana, es porque nos quitaron el país.

De la televisión ni se diga. Es un apéndice del poder de turno que no admite controversia. La televisión dice rechazar la violencia, pero nos atiborra de series gringas donde el matón es un gringo negro de la CIA, donde los muertos ocurren por montones para defender la libertad gringa. Todo es gringo. Los dramas europeos y las historias de amor clásicas no tienen cabida.

La prensa escrita se volvió frívola. Cuando, por accidente, surge un pensador colombiano con un punto de vista novedoso sobre el acontecer nacional, se destaca en la última página, lado izquierdo donde no la lee nadie. Pero si esa misma opinión la emite cualquier extranjero con nombre inglés, merece los titulares de la primera página. Antes lo llamaban, a ese gringo, sumo sacerdote o zar, ahora lo llaman “gurú” de cualquier cosa. Una traviesa barbaridad que se le ocurra a ese inglés, es una posición respetable; pero una novedad conceptual de un intelectual colombiano es tildada de grosera, impertinente, cuando no reducida a peyorativa. Según nuestra prensa nacional, los colombianos no pensamos o, peor, no existimos.

Nos quitaron a nuestro país y no queremos darnos cuenta.

Hasta en los centros comerciales nos muestran un aviso grande que dice SALE, que para nosotros significa acción de salir pero para los nuevos vendedores quiere decir venta. Si seguimos así, si lo permitimos, cualquier día nos van a expulsar de nuestro terruño por estar de ilegales en un país que habla otro idioma que no entendemos, que se volvió civilizado en medio de la pobreza.

sábado, 9 de abril de 2011

El pernil de Telecom

De la vieja Empresa Nacional de Telecomunicaciones quedan despojos y recuerdos. Cuando adelantábamos el primer Plan de Telefonía Rural y después de instalar el nuevo servicio telefónico en Arbela (corregimiento del municipio de La Vega), que reemplazaba al teléfono de magneto por el teléfono remoto automático por línea física, dependiendo de la central telefónica de Timbío (Cauca), la comunidad nos invitó a un almuerzo con sancocho de gallina. Nos sentamos a manteles, en una mesa larga, el supervisor de líneas Gonzalo Gómez Gallo, los guardalíneas, los obreros y técnicos. Nos sirvieron un auténtico festín en agradecimiento por el nuevo avance tecnológico. El supervisor destilaba felicidad por el trabajo hecho y se desparramó en gracia, como niño chiquito con babero nuevo. Vio cómo al compañero de mesa, Lucio Paz, le sirvieron un pernil de gallina descomunal que desbordaba el plato y, como hacen los graciosos imprudentes, desvió la atención de Lucio para tomar la presa, con su mano, y esconderla debajo de la mesa. El toque humorístico se acrecentó porque, debajo de la mesa, velaba un perro pastor alemán que, ni corto ni perezoso, tomó en sus mandíbulas el pernil servido. De inmediato Gómez Gallo se levantó a perseguir al perro para quitarle la presa arrebatada, pero el animal era muy ágil y desapareció en la espesura del patio trasero de la casa. Todos los comensales reían a carcajadas por la acción del Supervisor tras el perro, y Lucio, sin percatarse del primer suceso, atinó a preguntar:
-¿Y qué le pasa a ese viejo pendejo?

domingo, 3 de abril de 2011

Alcaldes y alcaldadas

El alcalde de Popayán, Colombia, quiere corregir la inseguridad ciudadana por decreto. Es lo que coloquialmente hemos calificado de alcaldada. Cuando los decretos se promulgan para educar, para facilitar un procedimiento comunitario, para estimular una actividad económica, para incentivar una acción social, para aliviar una carga económica de los ciudadanos, etc., están cumpliendo su razón de ser, son buenos decretos. Cuando un decreto se emite para prohibir, las más de las veces, está propiciando lo contrario y, en el peor de los casos, auspiciando el crimen. Está claro que un alcalde no lo puede saber todo, pero sí se le exige comprensión de su medio, visión de su país y entendimiento del mundo que habita. En síntesis debe saber algo de política.

Y la historia da lindos ejemplos de gobernantes que decretaron prohibiciones y condujeron a su país al laberinto de la criminalidad. El más famoso fue la prohibición de importar licores en los Estados Unidos a principios del siglo XX; esa prohibición disparó el contrabando de licores y la proliferación de delincuentes que después se organizaron en mafias. De esa época surgieron personajes novelescos como Al Capone, Lucky Luciano y otros que el cine ha documentado como excelsos bandidos. Después se corrigió el error; Estados Unidos echó para atrás esa prohibición, legalizó la importación y se aplacó la violencia.

Si los actos administrativos que prohíben fueran efectivos, ya se habrían eliminado los atracos, los robos, los raponazos, los asesinatos, las extorsiones: bastaría promulgar los decretos correspondientes para prohibirlos.
Sacar un decreto que ordena el cierre de bares y cantinas a partir de las diez de la noche, con la motivación de que es la causa de la inseguridad urbana, sólo se le ocurre al comandante de la policía, no creo que al alcalde. El comandante no es político; él no tiene por qué saber que la causa de la violencia es social y en consecuencia la solución es política, pero el alcalde sí está obligado a saberlo y actuar en consecuencia.

En nuestro medio, un alcalde político podría paliar la violencia con un gran plan de obras públicas que reduzca la desocupación y aumente el ingreso de los ciudadanos, además de mejorar las condiciones físicas de convivencia. Ahí está el ejemplo de Bogotá, que con sus grandes frentes de obras públicas, todas necesarias para el discurrir de los ciudadanos, ha reducido la inseguridad y la desocupación que ahora exhibe el gobierno nacional como un logro en sus estadísticas. Quienes conocemos la capital, no nos dejamos tragar el cuento de los grandes medios de prensa que le atribuyen al presidente el éxito de su política, cuando se debe a la política del alcalde mayor.

Y hay más.

Bogotá es la única ciudad que tiene total cobertura educativa pública con restaurantes escolares; es la única ciudad donde lo atienden con privilegio por el Sisbén,  porque el Distrito está al día en sus pagos a las clínicas y hospitales. Este es un claro ejemplo de que las cosas se pueden hacer, si hay conocimiento y voluntad política.

Estamos en un año electoral. Ojalá nos toque un alcalde político; no de directorios que están desprestigiados; político de verdad, que entienda su entorno, que interprete nuestro ideal de ciudad y tenga el carácter de actuar en consecuencia.

sábado, 2 de abril de 2011

Los idiomas son así

En una vieja Semana Santa, vino de visita a Popayán una dama que tenía de interesante ser la representante para América Latina de los Hoteles Hilton. Conoció las procesiones nocturnas, los museos, las iglesias católicas, los monumentos muertos y vivos. Y también conoció a Guido Enríquez, quien le manifestó que aquí había un hotel Hilton.
-No puede ser –dijo la dama–, nosotros no hemos extendido una franquicia hasta esta bella ciudad.
-Pues le aseguro que sí –insistió Guido–.
-Me gustaría conocerlo porque puede tratarse de una usurpación a nuestro buen nombre.
-Acompáñeme –la invitó Guido–, queda a unas tres cuadras de aquí, desde el Banco de la República.
Bajaron por el puente de “El humilladero”, caminaron unos cien metros más, hasta el barrio Bolívar, y sí, efectivamente, vieron el hotel y el aviso en perfecto castellano que decía:

                             “Hotel Jilton 
Piezas a 10 mil pesos con baño privado y Betamáx”

sábado, 26 de marzo de 2011

En el diván

Mi estimado amigo, después de dos años de tratamiento psiquiátrico, he llegado a la conclusión de que usted no ha padecido ningún complejo de inferioridad. Usted es realmente inferior.

domingo, 20 de marzo de 2011

¡Los culebreros de la revolución! (Cuento)

¡Los culebreros de la revolución!
(Cuento)

Por aquellos días, refundidos en el principio de nuestras rebeldías, todavía estaban vivos Camilo Torres Restrepo y el Ché Guevara. Eran tiempos de agitación estudiantil atizada por el rechazo de los opositores políticos hacia el Frente Nacional, un pacto de ricos liberales y conservadores para alternarse el poder en Colombia por diez y seis años y para que no se siguieran matando los pobres campesinos por un color partidista.  Bueno, este último fue el cuento que nos echaron. Camilo Torres Restrepo fundó un periódico, en rechazo al Frente Nacional, que se llamaba Frente Unido; lo vendían en los colegios y universidades y algunos puestos de periódicos entreverado con la revista Luz, primera publicación porno disfrazada de científica; lo estuvimos comprando y leyendo hasta que en su página de apertura emergió la figura de Paulo VI.

¡Eso sí no lo perdonamos!

No estábamos con el Frente Nacional pero tampoco íbamos a permitir que un Papa orientara nuestros primeros escarceos políticos. Creo que a partir de esa desafortunada presentación del periódico, el Frente Unido pasó a ser el Frente Dividido entre troskistas, que creían en la buena voluntad de la iglesia católica; y marxistas-leninistas, que sólo confiaban en las masas obreras; y maoístas, que inculcaban una revolución campesina en un país de sembradores y cosechadores.

Camilo, hacía giras por Colombia para dar a conocer su pensamiento y su gallarda postura que lo introducía en las columnas de la farándula femenina. Alberto Lleras Camargo, primer presidente que impuso el Frente Nacional, el gran jefe pluma blanca del partido liberal –un partido laico que por esos tiempos impulsaba las procesiones religiosas católicas– también hacía sus giras, para contrarrestar con voz microfónica, educada en los auditorios norteamericanos, los agites de una revolución romántica que se estaba tomando los colegios y las universidades, mientras en el campo las armas se afinaban para afrontar una etapa superior de conflagración. Como la televisión era incipientemente claroscura, los personajes del estrellato los conocíamos en fotografías en blanco y negro pegadas a periódicos en blanco y negro que comparábamos con sus figuras en color de carne y hueso en las manifestaciones públicas, cuando se trataba de políticos. Y había, con inusitada frecuencia, más asonadas contestatarias que misas; que es lo mismo que decir, más enfrentamientos con la fuerza pública que desfiles colegiales con banda de guerra. El Ché Guevara había desaparecido del espectro de los dirigentes que gobernaban la isla de la ilusión y Fidel tan sólo insinuaba por Radio Habana (“Transmitiendo desde Cuba, territorio libre de América”.) que estaba cumpliendo una misión revolucionaria.

Mientras esperábamos que el Ché Guevara irrumpiera por alguna manigua inesperada, apareció por aquí el cura Camilo Torres que llenó el Paraninfo de la Universidad del Cauca para anunciar un gran descubrimiento: si el alma es inmortal, el hambre sí es mortal. El camino de la revolución era, entonces, la senda de la reivindicación social; sólo que no la tomaron los que seguían aguantando hambre. Todo el peso de la revolución caía sobre los hombros de los estudiantes; era una revolución de gladiolos.
También la caldera de las ideas se agitaba por las posturas de los sumos sacerdotes del Frente Nacional, entre ellos el más visible, el más representativo, que ostentaba la dignidad de ex presidente: Alberto Lleras Camargo. Cuando se anunció su visita a esta ciudad por la Radiodifusora Nacional de Colombia de donde copiaban las noticias las emisoras locales La Voz de Belalcázar, la Voz del Cauca y Radio Popayán, porque no había más, nosotros (¡Estudiantes, adelante!) comenzamos los preparativos para hacerle un gran recibimiento al patriarca de la derecha liberal.

Fue en el Liceo Nacional de Varones, en una asamblea multitudinaria, donde se votaron ideas, entre ellas una chiquita y certera: sabotear el discurso que el patriarca pronunciaría en el parque Caldas, desde los balcones del edificio de la carrera séptima con calle cuarta. Los liceístas, avezados estrategas, callaron al proponente haciendo guiños imperceptibles para discutir el asunto en la clandestinidad, porque la policía ya tenía infiltrados. La propuesta que se aprobó al final, fue asistir en masa a la manifestación y escuchar los planteamientos del más inteligente de los liberales godos en fraterna paz; nada de enfrentamientos con la fuerza pública. No faltaron los “Vivas” a la tolerancia estudiantil.
Después supimos de una tarea inverosímil que nos habían asignado los dirigentes superiores. Se trataba de conseguir diez avispas negras y meterlas en una chuspa de papel, de las mismas que servían para empacar el arroz por libras. Había que agujerear con alfiler previamente la chuspa para que no se ahogaran los animalitos. En total diez estudiantes, ágiles y osados, debíamos tener listas las avispas al mediodía del viernes. La manifestación estaba prevista para las tres de la tarde. Era una labor simple que se nos hacía ingenua; acostumbrados como estábamos a la acción de provocar a los agentes del orden (“¡Tombo: a tu mujer se la come el coronel y a tu hermana el capitán!”) y evitarlos con saltos y carreras, esta vez era como hacer un trabajo crochet de niñas.

En la plaza, caía el sol inclemente de una tarde de junio y las gentes se iban apretujando en la esquina para conocer al doctor Lleras, muelón él; de blanca calva él; el mismo que en mil novecientos cincuenta y ocho, en uno de sus primeros actos de gobierno, como presidente, tuvo en cuenta al departamento del Cauca: convirtió la isla Gorgona en un campo de concentración para presos políticos, confinados junto a los peores criminales. En la plaza había seguidores, sin duda, codeándose con zalameros y curiosos; los únicos opositores eran los estudiantes que se iban acercando en pequeños grupos, entre ellos los enchuspados, como se nos dio en calificar después del acontecimiento. Los policías nos veían dispersos con las chuspas y tal vez creían que contenían caucharina para comer, o bien, leche en polvo con azúcar, de esa que repartía la Cáritas de los gringos en las escuelas. Así como la policía había dispuesto carabineros en grupos de a dos, por los cuatro costados, nosotros debíamos estar cerca de ellos, casi pegados a los caballos. Cuando fue anunciado el orador principal el júbilo fue general, podríamos decir que unánime porque nosotros nos unimos al festejo con las chuspas al viento. No había motivo de discrepancia. El doctor Lleras hizo un recuento de las bondades del Frente Nacional, de la disminución de la violencia…Pero en ese momento oímos el pito de la señal para sacudir las chuspas y liberar las avispas debajo del abdomen de los caballos. Lo que siguió fue el caos. Al sentir las picaduras los caballos emprendieron un galope desaforado atropellando a quien no hubiera reaccionado. Y fueron diez caballos por toda la plaza que hicieron la dispersión de los manifestantes. Los policías montados no podían controlar a los animales y tampoco sabían qué pasaba, cuál era la causa para esa reacción imprevista de los cuadrúpedos. En pocos segundos no quedaban manifestantes en la plaza; muchos se habían refugiado en los portales; otros, pegados a los árboles del parque, en los portones de las casas y en los andenes tiritaban con una sabrosa emoción. La policía de a pie no sabía cómo reaccionar, ni contra quién.

Al ver la agitación imprevista, el pleno desorden, la anarquía en carrera, el doctor Lleras, después de su inicial sorpresa, fiel a su estirpe de inquisidor, señaló con su dedo índice derecho a esa plaza vacía:

¡Allí están los culebreros de la revolución!

sábado, 19 de marzo de 2011

Así tiemblan las damas

Ahora, con la tragedia del Japón, –tragedia que no terminamos de lamentar– exponemos una anécdota del terremoto de Popayán de 1938 que los octogenarios se han encargado de no dejarla olvidar.
El suceso ocurrió a las siete de la noche de un día a principios de febrero, y don Pedrito Paz que deambulaba por el parque Caldas, encima del temor por el movimiento, vio cómo una señora entrada en pánico se abalanzó sobre un señor y repetía desesperada:
-¡San Emigdio! ¡San Emigdio bendito!
 El caballero, después del segundo susto, con la caballerosidad propia de la época, corrigió a la señora:
-Perdone señora. Tal vez usted me está confundiendo. Yo no me llamo así.