domingo, 13 de marzo de 2011

Ya vienen las elecciones

Estamos en la época de las promesas; la antesala del matrimonio por conveniencia cuyo fin último es la posesión. En este año de elecciones, en Colombia, –siete largos meses de vanas palabras del novio que sólo apunta a la noche del himeneo– aparecen políticos nuevos, viejos y caducos, todos, cual Pinocho, prometiendo lo que nunca cumplirán, posando de honrados todavía sin orden de captura, hablando bonito como las gitanas, que nos dicen lo que queremos oír.  Los medios de comunicación, que están en su derecho de hacer su agosto, nos inundarán con expresiones pagadas como, “Ahora sí”, “El cambio es ya”, “Contra la corrupción”, “Nos llegó la hora”, “La ciudad no está enferma, está grave” y otras similares que prometen el gran cambio para seguir igual.

Por ahí apareció un político, que no sabíamos que lo era, de voz de falsete, sin propuestas, desparramando buenas intenciones, cuando la última vez lo vimos como empresario de un club de fútbol venido a menos. Según los resultados deportivos, fue quien impuso la filosofía, que aún persiste, que los refuerzos para ganar un torneo se hacen con jugadores viejos y baratos. Al mencionado club de fútbol le va a pasar lo mismo que al departamento del Cauca: lo van a mandar a las divisiones inferiores luego de ostentar una historia de grandeza. Estas son las consecuencias, cuando se impone la filosofía de las buenas intenciones con frágil sustento, frente a una certera orientación política.

También aparecen gerentes que han cumplido con su deber –que hoy es cosa rara, y por eso se destacan– exhibiendo esa única patente para ser ungidos como candidatos. Aclaremos: Hay una diferencia abismal entre dirigir una empresa de 40 empleados y un municipio de 300 mil habitantes o un departamento de 2 millones. Eso sería lo mismo, ni más ni menos, que a un director de una guardería infantil lo nombren rector de la Universidad Nacional. Nosotros ya tuvimos los resultados  de este tipo de elección –gerente en gobernante– en fechas recientes y nos fue como a perro en misa; aunque al perro le fue mejor, por esa inteligencia canina que le indica que a esa misa no vuelva, en cambio nosotros, gozamos en repetir las mismas jaculatorias.

También aparecen otros políticos reencauchados en cargos de tercera, que creíamos que ya se habían jubilado haciendo nada, ahora sí dispuestos a trabajar como no lo hicieron en su juventud. Tienen el cerebro más enredado que un baúl de zarcillos, tanto, que el ágil periodista pregunta una cosa y le contestan otra, que no guarda la mínima lógica entre antecedente y consecuente. Me acuerdo de que a uno de estos especímenes le preguntaron:
-Doctor, ¿cuáles son sus propuestas?
Y respondió:
-He hecho un recorrido por todo el departamento viendo las necesidades de la gente. He visto la pobreza pero también el afán de las gentes por salir adelante.
Bueno, si esta no es una respuesta al estilo “Chancaca”, debe ser una respuesta al estilo “Chuspas”.
Estos mismos candidatos confunden los términos, política, plan, proyecto y programa; no diferencian entre gobierno y Estado y todo lo revuelven como en un sancocho de beneficencia. Se nota que sus clases de política se las dictó el doctor Parkinson, o el doctor Dawn, o el doctor Alzhéimer, o todos a la vez. O simplemente no estudiaron.

En serio.

Echémosle ojo a la “carretilla” que se nos viene encima y hagamos como esa novia avispada en trance de aceptar requiebros mentirosos del futuro marido: Mijo, firmemos un contrato de cumplimiento, si no cumples, me respondes con las tres cuartas partes de tus bienes.

Así la cosa, sería otra cosa.

sábado, 12 de marzo de 2011

Ladrones en huída

Cuántas veces a los ladrones les va mal en sus faenas. Como dice el dicho, van por lana y resultan trasquilados; otros van por plata y terminan endeudados; y los más aventajados, van por la esposa del dueño de la casa y terminan de amantes del fontanero.

Por los lados de un barrio de Popayán, con nombre de prócer, arrimado al río Ejido, recostado al Cementerio Central, extendido cual alfombra de dos pisos, había una casa amplia, de sólo un piso, con solar protegido por una tapia de casi tres metros de alto; la única residencia que no habían robado los ladrones. Permanecía, durante el día, sola y sin vigilantes, pero los dueños de lo ajeno no incursionaban en ella. Los vecinos místicos creían que estaba protegida por todos los ángeles; los fanáticos, que tenía maleficio; los vecinos indiferentes, atribuían a la buena suerte que los ladrones pasaran de agache por la tapia esa. Hasta que, circunstancialmente, descubrimos el encanto.

Estábamos en el balcón de nuestra casa, tipo seis de la tarde, cuando vimos a dos individuos en ademanes sospechosos que rondaban la tapia del vecino de la diagonal. Observamos sin ser observados. Como maromeros de circo, los rateros se encaramaron por la tapia, uno apoyando al otro sobre sus hombros y después éste jalando al primero desde la altura. Fue una ilusión verlos subir, desaparecer y volverlos a ver, otra vez, encaramados en la tapia y saltando hacia la calle horrorizados. Nos sorprendimos tanto que pusimos en observación permanente la casa diagonal. El espectáculo era sin igual, sobre todo con los rateros nuevos y los ladrones de otros barrios. Los veíamos escalar la tapia, caer al interior y volver a subir y caer a la calle, siempre pálidos y asustados.

Averiguando la cosa, llegamos a saber que esa era la casa del papá de Fernandito, estudiante del Instituto Técnico Industrial; y Fernandito, cuando le comentamos el asunto, nos sorprendió peor que los ladrones con una estruendosa carcajada; se reía tanto que prolongaba al exceso la intrigante situación. Cuando dejó de reír, lágrimas incluidas, Fernandito nos invitó a su casa para que por nuestros propios ojos develáramos el misterio. Le seguían atacando accesos de risa y a nosotros, accesos de la “piedra” que nos salía. Entramos por la puerta principal que daba a la calle opuesta a la de la tapia sin ver nada anormal y nos condujo por un breve corredor al solar. Antes de penetrar por la puerta de ingreso, nos advirtió: “No se vayan a asustar que estos animalitos son mansitos.”
Entramos al solar y vimos en medio de la maleza, los platanales y los geranios, como en un gran plato de espaguetis tirado al sol, un güio, una anaconda, varios crótalos, una que otra mapaná, varias “cabezas de candado”, bellas corales falsas, cascabeles estiradas que no sonaban, perezosas tallas equis, que ni se mosquearon por nuestra presencia. De todas maneras nos sorprendimos hasta el miedo y nos dio por preguntar a Fernandito:
-¿Y por qué estas serpientes están aquí?
La razón fue contundente:
-Mi papá es culebrero.  

domingo, 6 de marzo de 2011

De Colombia al Japón

Me enviaron un correo electrónico que contiene un video (http://vimeo.com/18737662) de un promotor social de ascendencia japonesa. Se trata de un joven brillante, de padre japonés y madre colombiana, que hace un trabajo social en Ciudad Bolívar, en Bogotá.
Su exposición, muy amena, está estructurada como lo establecen los cánones de empresarios japoneses y norteamericanos y es de un hondo contenido ideológico. Sin embargo, mi obligación es señalar los aspectos éticos y políticos que inducen en el público el error de creer que vivimos en el mejor de los mundos. La conclusión general, que se deriva al finalizar la charla, es que, como estamos, estamos bien; mejor que los países desarrollados; que debemos seguir así.

Desde el punto de vista ético se dicen unas verdades que sabíamos, pero puestas en un contexto empresarial se vuelven descubrimiento. Ahí están, por ejemplo, el cariño entre los vecinos y amigos, que es una característica latina (“Te quiero chino”. “Yo también te quiero”.); la solidaridad de clase, otra virtud que funciona entre pobres (“La sandía, que vale cinco mil pesos, déjesela al chino en tres”.) Estas virtudes éticas, según la exposición, tal parece que sólo las tenemos nosotros; los países desarrollados, como Japón y Estados Unidos, no, y por eso es inconveniente ser como ellos. El fundamentalismo se orienta a seguir siendo lo que somos y descartar otras formas de convivencia que ya han perfeccionado los países desarrollados.

Creo no equivocarme al afirmar que el propósito fundamental de estas charlas es político. Algunas apreciaciones, elevadas a dogma, orientan a una comunidad para que se ponga de parte de quienes saquean su riqueza. Decir, por ejemplo, con gracia y con humor, que Colombia es rica en petróleo, en café y en esmeraldas, cuando el Japón no lo es, pasa a ser una aseveración por lo menos equivocada. Veamos: El petróleo, ¿quién lo explota y a quién beneficia? No es al pueblo colombiano, que paga los derivados más caros del mundo como si no lo tuviéramos. El café, beneficia a los tostadores de empresas transnacionales; nosotros tomamos el café que desecha, para exportación, la Federación de Cafeteros. De nada nos sirve tener el mejor café del mundo. Las esmeraldas, las más bellas, las más valiosas, no están en Colombia, están en Europa comercializadas por empresas extranjeras. En Colombia hay un comercio pingüe en la avenida Jiménez de Bogotá, que es lo único que nos queda de esa gran riqueza. Como los africanos: quedaron muy pobres (y con violencia) después de poseer los diamantes más valiosos del mundo.

Que el Japón es pobre porque no tiene riquezas naturales fue exaltado por el conferencista, comparando a Colombia como un gran país rico, dueño de todas las materias primas. Centrando en la capacidad de su gente, el Japón llegó a ser una gran potencia industrial y lo mismo se pretende de Colombia, elogiando la capacidad individual como una actividad de héroes. Pero la cosa no es así. Individualmente considerado, el ciudadano no es capaz de transformar a un país; lo están demostrando los países norteafricanos, lo demostró el Japón con su buena política.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Japón emprendió un nuevo camino político; sostuvo el imperio y les otorgó a los nuevos dirigentes el manejo del Estado. Su sistema político, democrático incluyente, desarrolló un capitalismo con función social. Se creó un Instituto de desarrollo que era intermediario entre el Estado y la empresa privada para trazar su gran política a partir de sus fortalezas y debilidades cuyo fin último era la grandeza, estabilidad y bienestar del Japón. La debilidad del país del sol naciente era la nula existencia de materias primas, su fortaleza la centraron en la ciencia, la técnica y la industria de transformación. A través del Instituto, el Estado garantizaba la importación de materias primas, el entrenamiento de científicos y técnicos; la empresa privada hacía la gran expansión de las industrias de transformación, la ofensiva comercial. El resultado de esa política está a la vista. Si hay 43 mil suicidios al año es porque esa política, exitosa en el campo económico, descuidó a la juventud que no se orienta por las ciencias y la industria sino por el arte y las humanidades. Hay frustración para los jóvenes que optan por las artes como un señalamiento cultural. Para que ustedes juzguen estas afirmaciones, basta preguntar cuántos escritores, pintores, músicos, poetas, artistas, humanistas de talla mundial ha producido Japón. (¿?) Creo que la dirigencia política nipona, hoy, está replanteando este aspecto.

Colombia es, por el contrario, una democracia excluyente; su capitalismo sólo beneficia a quienes detentan el poder en detrimento de la gran población. Colombia es suministradora de materias primas, no más. Pero esas riquezas del subsuelo, que por mandato de la Constitución pertenecen al Estado, las negocian y comercializan los dueños del poder a su antojo, sin contribuir para nada al progreso del país. Ahí están los ejemplos de las concesiones mineras, explotadoras de oro, que sacrifican los páramos, las reservas naturales, el agua, para que unas empresas extranjeras se beneficien, sin importarles las consecuencias que afectarán a los pobladores del entorno, así aseguren lo contrario; es la misma actitud que asumen los jefes del gobierno que han bautizado esa permisividad como “confianza inversionista”. Al final, si seguimos así, no tendremos materias primas, ni riquezas naturales y peor aún, no tendremos país.

Con la pobreza africana que se nos viene encima, ni siquiera los héroes de Ciudad Bolívar, que adulaba nuestro brillante japonés tolimense, nos podrán salvar de la indigencia mundial.  

Algo va de Colombia al Japón.

sábado, 5 de marzo de 2011

El plato del gato

Como sabemos, los anticuarios andan siempre a la caza de objetos antiguos y valiosos. Uno de estos personajes, casualmente encontró una pieza muy valiosa, de la edad media, en casa de un granjero que tenía destinada, como plato, para darle de comer al gato. El anticuario le ofreció comprar al gato por una suma respetable y de inmediato el granjero aceptó. Fue entonces cuando el comprador dijo, casi sin interés:
-Me llevaré además el platico por lo que veo que el gato come por costumbre en él.
El granjero, espontáneamente molesto, le advirtió:
-¡Alto ahí! Deje el plato quieto, es bendito, es el que me ha hecho vender muchos gatos.

domingo, 27 de febrero de 2011

Los bellos animales

Los animales son nuestros compañeros de viaje en esta vida. Son aliados y fieles amigos sin esperar retribución a cambio. Sin embargo, el hombre los trata mal y muchas veces con crueldad. En casi todas, por no decir todas, las academias militares utilizan animales para enseñar a matar y eliminar la compasión del futuro cadete. Todavía vemos películas inglesas y norteamericanas donde los señores de la realeza y sus herederos organizaban sesiones de caza; los ingleses para perseguir a las liebres y los norteamericanos para extinguir a los venados. Esta práctica la elevaron a fiesta nacional. En nuestra cultura hispana también hay cacería de patos, práctica que incursionó en Paletará de la mano, o mejor, de la escopeta del presidente Guillermo León Valencia, cuando era un páramo donde se veían animales silvestres; hoy los patos están pegados a las fotografías de los tiempos idos.

Todos los animales son bellos; todos los animales son útiles, así no nos demos cuenta por ignorancia. Ningún animal es agresivo en contra del ser humano, salvo que éste le haya amaestrado para serlo o aquel presienta un ataque; el animal, por ese instinto de supervivencia que tiene desarrollado, actúa con las defensas que la naturaleza le ha otorgado, algunas veces letales. Hasta la serpiente más mortal se aleja de las pisadas del hombre o de un animal mayor; sin embargo se enrosca y muerde a quien la persiga o se atreva a internarse en su nido. El hombre es el único ser que ataca para matar, sin motivo y a traición y se enoja que otra especie se defienda. El hombre es el único ser que goza con el sufrimiento de un animal: ahí están las corridas de toros, que deberían abolirse por entrañar la muerte con tortura de un ser noble; las peleas de gallos, que igual deberían prohibirlas por ser prácticas despreciables que estimulan la violencia y la convierten en intercambio de dinero.

El hombre escaló un amplio espectro de su civilización con la ayuda del caballo, pero hoy, este soberbio animal debe descansar y no andar arrastrando cargas superiores a sus fuerzas.

Qué sería de nuestro diario discurrir si no hubiera aves cantoras, pajaritos silbadores, golondrinas, águilas y gallinazos, libres en el aire y en los árboles; seguro no habría poetas que es como decir, no habría vida. Estoy por teorizar que los potenciales suicidas ya no escuchan el sonido de las aves, ni el viento que se agita, ni el golpe de las olas del mar, ni el ladrido de un perro, y por eso caen en una profunda depresión. Sus oídos están llenos de silencio, que es ausencia de vida, y carecen de sonidos, que es ausencia de muerte.

Proteger a los animales es un imperativo de vida (la nuestra), ellos también tienen derecho a disfrutar su propia naturaleza, nos acompañan y hacen placentera nuestra efímera travesía.  

sábado, 26 de febrero de 2011

Consejos prenupciales

Una dama de exquisito humor, estaba preparando a la novia para su próximo casamiento. Visiblemente nerviosa, la futura desposada, trataba de ver defectos en el consorte con el fin de que la matrona le aconsejara el comportamiento a seguir.
-Doña María Jesusita: Me parece que Roberto no va a dejar de beber.
-¡Ay! Filomena, que beba. Lo importante es que siempre coma en casa.
-Unas primas, que lo conocen bien, dicen que Roberto no deja dormir por los ruidos que hace.
-¡Primor! Una mujer nunca se casa con el hombre que sueña, sino con el que ronca.

domingo, 20 de febrero de 2011

El tren de don “Pachito” (Cuento)

El tren de don “Pachito”
(Cuento)

Don “Pachito” sobrepasaba los cincuenta y siete años de edad y seguía trabajando; era el cadenero del Ferrocarril del Pacífico.  Había nacido con el siglo veinte y llevaba las mismas cuentas; decía que si se moría el siglo, él también lo haría.  Tenía la misión de templar la cadena en el paso a nivel del barrio Bolívar con la carrera sexta de Popayán (la misma por donde ganó un circuito ciclístico el enjuto español Martín Colmenarejo en la Vuelta a Colombia de mil novecientos sesenta), un cruce diagonal que, después de veinte muertos, arrollados por el tren, se volvió fatídico.  Los conductores de vehículos decían que veían a la locomotora cuando la tenían encima; la diagonal era engañosa, parecía que se alcanzaba a traspasar los rieles, pero en la confluencia de dos móviles en oposición casi paralela, ganaba el tren. 
Don “Pachito” estiraba una cadena gris en el lado norte que era invisible a la vista de los conductores que venían del sur; tampoco oían los repiques de campana, que para el caso era un pedazo de riel colgado bajo el alero de la caseta de vigilancia que el viejo cadenero golpeaba insistente con una varilla.  El ulular del tren era una lejana referencia que en pocos segundos se confundía con  la desgracia.  Fueron incontables los vehículos que quedaron despanzurrados en ese paso a nivel, entre los rieles y la cadena de don “Pachito”, sin contar los suicidas que hacían espectacular su faena de hacerse moler y descuartizar por las ruedas de acero después de tres fracasos amorosos.  Ante este reiterativo despliegue de muertos y heridos se hizo necesario construir el gigantesco –para la época– hospital San José, allí, en frente, donde se recomponía lo que se podía de los cuerpos desmembrados o se bendecía lo que iba para el cementerio.  Allí también proliferaron, hasta hoy, salones de pompas fúnebres, carpinteros de cajas y cajones y funerarias de todos los precios a los que se tasaba la ausencia vital.
       
De baja estatura, delgado, nariz puntiaguda, seco de cara, en medio de cortas canas que cubría con un sombrero de paño gris de ala campesina, don “Pachito”, en cada sonrisa de caja dental postiza, exhibía un solitario diente de oro y una pueblerina simpatía asociada a esa indumentaria de rielero: pantalón de dril caqui, chaqueta habana que intentaba ocultar su camisa a cuadros de corduroy y zapatos de cuero de media caña.
En su caseta de vigilancia nos contaba –éramos niños curiosos de calzón corto– cómo había nacido el tren: según él, todo empezó en el crucero a donde llegó el presidente Marco Fidel Suárez por allá por el año mil novecientos veintidós a observar las obras.  Ni don “Pachito”, ni la negrería de la región habían visto un tren.  Cuando éste llegó, trayendo al presidente, todos salieron despavoridos por el ruido y el tamaño descomunal de la máquina que parecía un monstruoso engendro que resoplaba como humano y echaba humo negro sin saber de dónde.  Calmado el monstruo, la población se fue acercando con precaución, pero en cada estertor del tren la muchedumbre volvía a correr.  Allí, en ese asentamiento de mineros, que lavaba su pobreza el río Cauca, se construyó un rotacional para que la máquina tractora cambiara de sentido y se devolviera hacia el norte.  Todavía faltaba el tramo del sur, hasta Popayán.
El presidente dijo que necesitaban más trabajadores para continuar la trocha, y entonces, alzando la mano, “Pachito” se vinculó a los Ferrocarriles Nacionales.  El presidente Suárez, después de hablar, comer y dormir en una excelente tienda de campaña, como se veía en las películas de safaris del Congo, partió hacia la capital dejando como recuerdo su apellido metido, como impronta, en ese pueblo naciente.
En tanto el joven “Pachito” se hizo obrero de machete, de pica y pala, de espolines, maquinista del vagón-carreta del supervisor de trocha, hasta alcanzar –después de treinta años– la seguridad burocrática de cadenero.  “Para el año sesenta me pasarán a la estación; allí me jubilaré”, dijo, convencido de las bondades de su empresa.  Pero don “Pachito” continuó viendo nuevos cadáveres triturados por el gigante negro en el paso a nivel, hasta que llegó el momento definitivo que acabó con los muertos, la cadena, el autoferro y todo el Ferrocarril del Pacífico.

Próximo a cumplir sesenta y cinco años de edad, estaba colocando sellos a los tiquetes de pasaje en la estación; tenía tiempo y edad de jubilación, pero seguía laborando porque “yo no sé hacer nada más”; tampoco sabía ser padre, ni esposo, ni siquiera amante casual.  Don “Pachito” pasó por los ferrocarriles como pasan los inútiles por una escuela: para admirarse de lo que nunca serán.  Veía a los pulcros directivos con veneración de dioses; le impresionaba el conocimiento de los empleados; descubría que su empresa era un entramado de saberes, necesarios para poner a rodar sus máquinas con precisión.  Además de trenes, el Ferrocarril del Pacífico tenía un sistema novedoso de comunicaciones; unas eficientes enfermerías; una surtida cooperativa de abastos.  La información le llegó tarde, cuando empezaron a disminuir los despachos de locomotoras de carga y pasajeros.

Estaba en su labor de colocar sellos a los tiquetes cuando el administrador de la estación llegó con una orden que parecía inverosímil:

-“Pachito”, suspenda que ya no viene el autoferro de Cali.

El autoferro, una máquina impulsada por ACPM, que no hacía humo como el tren y era utilizada por los más adinerados, siempre llegaba a las tres de la tarde de Cali, precedida de un pito familiar que las señoras identificaban como la hora del entredía.  Esa vez no llegó y muy pocos se extrañaron, entre ellos don “Pachito” y las matronas del barrio Bolívar.

Al otro día volvió a aparecer el administrador para ordenarle:

-“Pachito”, selle treinta tiquetes no más.  Serán los últimos, porque el tren no vuelve a Popayán.

En su fosilizada ignorancia, don “Pachito” preguntó:

-¿Se dañó la locomotora, doctor?

-Se acabó la empresa.

Esa vez tampoco hubo quién se extrañara por la ausencia de trenes.  Los más felices por esta súbita decisión de aniquilar el ferrocarril fueron los conductores de vehículos que por primera vez atravesaban el paso a nivel sin voltear a ver los rieles ni la cadena de don “Pachito”, tirada sobre el pavimento como una vieja culebra inofensiva.

Esa última orden no fue ejecutada por don “Pachito”.  Se levantó de su improvisada mesa y salió por el arco principal del bello edificio republicano, sin despedirse.  Vio, a su izquierda, las bodegas cerradas, sin camiones, que hacían más amplias las calles de acceso; miró, hacia el sur, la fila interminable de palmeras que se perdían en una expedita vía al centro de la ciudad.  Bajó las gradas que daban al parque simétricamente dispuesto para vehículos y peatones y caminó hasta alcanzar la sombra de un tulipán florido.  Siguió de largo, apartando –a golpes de zapato– los corozos rojos que se habían desprendido de las palmeras por los vientos de agosto; orientó sus pasos por la vía sexta en dirección al hospital San José.

Iba a ver por última vez el paso a nivel, su caseta y su cadena…, iba llorando, como único ciudadano en duelo; hundido en su vejez, como si ya no importara vivir.

sábado, 19 de febrero de 2011

Lección de historia

En el Popayán chiquito, de los extinguidos años treinta del siglo pasado, unas jovencitas preparaban un examen de historia del lejano oriente. En uno de los textos encontraron un vocablo nuevo para ellas, sin significado alguno conocido. Se dieron a la tarea de abordar al poeta Guillermo Valencia que tenía fama de enciclopedista y le preguntaron:
-Maestro, ¿qué es eunuco?
-¡Lindas damas! Eunuco, es uno de esos jóvenes funcionarios encargados de cuidar a las princesas y, para evitar roces profundos, tienen el bastón sin borlas.

domingo, 13 de febrero de 2011

Entre escritoras

Es lo que ahora se llama un conversatorio y antes, una tertulia dirigida. El escenario es amplio pero acogedor; íntimo, sería el término donde la luz acude abundante a los personajes, cuatro damas jóvenes, con gafas de modelaje y un moderador no tan joven, pues hasta canas tiene, mientras al resto del auditorio lo rodea la penumbra. El público está presente en buen número pero es como si estuviera ausente para las damas prestas a conversar, que no ven más allá de su propia iluminación.

Empieza el moderador.

Díaz: Tenemos cuatro figuras representativas de la nueva narrativa colombiana… Me gustaría conocer sobre cómo elaboran los textos y de dónde surgen los personajes de sus cuentos.
Carolina 1: Escribo con humor. Siempre acudo a la ironía para que la lectura de mis textos sea placentera al lector.
Carolina 2: Para mi es fundamental el ritmo de las palabras, por eso escribo y leo en voz alta, para asegurarme de que el ritmo se mantiene.
Margarita: El mensaje tiene que ser claro. Los recursos del idioma para adornar los textos, son secundarios.
Melba: Utilizo mucho el misterio para que mis historias sean interesantes.
Carolina 1: Mis personajes no existen en la realidad, no se pueden encontrar en la vida real, son inventados.
Carolina 2: A veces utilizo la vida real como drama para crear a mis personajes. Mi experiencia en el teatro me permite inventar a partir de la realidad que desborda la imaginación.
Margarita: Mis historias pueden haber sucedido o no; los personajes pueden existir o no. De todas maneras soy algo mentirosa, como toda mujer.
Melba: Mis personajes trajinan por la vida y en penumbra.

Interviene el moderador:

Díaz: Me gustaría que conversaran entre ustedes para quitar ese ambiente académico y entrar en un ámbito informal.

Margarita: Pues, mijo, si de eso se trata yo creo que debería hablar sobre sus experiencias, Carolina.
Melba: Aquí la única que tiene aventuras para contar es Carolina.
Carolina 2: Por referencias, de amigos, estoy totalmente de acuerdo.

Todas volvieron las miradas a Carolina 1.

Carolina 1: ¡Ve éstas! Ahora yo soy la puta del paseo. Ustedes tienen historias escondidas que no les han contado ni a sus maridos ajenos.
Melba: No te pongás así; a nosotras nos gusta oírte contar tus andanzas.
Carolina 1: ¿Y por qué no contás las tuyas? ¡Vos me ganás a mí!
Carolina 2: Bueno, bueno. No discutamos cosas baladíes. Somos escritoras y nos debemos a buenas expresiones, al buen decir.
Carolina 1: ¡Ah! Ahora resulta que yo soy la vulgar del grupo. Vos, Carolina, no escribís madrazos pero los decís y suenan feo.
Margarita: ¡Por Dios! Estamos en un escenario público y se trata de dar a conocer nuestro pensamiento a través de las palabras que sabemos manejar. Propongo que empecemos en orden de antigüedad…
Carolina 1: Entonces empezá vos.
Margarita: ¡No te admito tus ofensas! Quería decir por antigüedad de publicaciones hechas.
Carolina 1: De todas maneras, empezá vos.
Margarita: Veo que usás la ironía para ofender. Escribí mejor sobre pañales deschables…

Díaz: ¡Señoritas! ¡Señoras! Por favor, reiniciemos el conversatorio como al principio. Retomo la moderación. Carolina: Explícanos un poco sobre tu experiencia en Estados Unidos.
Carolina 1: Fue una experiencia enriquecedora. Conocí el alma de los autores norteamericanos. De primera mano supe por qué surgieron tantos escritores en especial en los primeros cincuenta años del siglo veinte. Fue producto de una sociedad en auge.
Melba: Yo estuve en Barcelona y eso fue definitivo para orientar mis narraciones.
Carolina 2: Me la paso viajando entre Bogotá y Los Ángeles, y en ese itinerario siempre aparecen los personajes que discurren por mis cuentos.
Margarita: Ahora, mi lugar de trabajo es Bogotá y aquí encuentro el verdadero sentido de la comedia y la tragedia humana. Es imposible no escribir sobre lo que sucede a mi alrededor.
Díaz: Agradecemos a estas encantadoras damas su presencia en este acto y al público, muchas gracias por su participación.

Se encendieron las luces de todo el recinto. Vimos agruparse las damas, dejando de lado al moderador, usando gestos excesivos, ojos agrandados, anteojos caídos y palabras que ya no podíamos oír porque habían cerrado los micrófonos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Diarrea fúnebre

Ese bendito plato de espaguetis me dañó el estómago. Comer de noche las pastas, cargadas de queso parmesano y tocineta, fue el peor error que pude cometer con mi delicado intestino; ahora tengo la urgencia de la evacuación y voy por estas calles iluminadas, con viviendas cerradas al frio nocturno, con los guardias atisbando movimientos inusuales, con algunos vecinos mirando a través de las ventanas. Cada vez siento más agudos los dolores en mi bajo vientre, retorcijones de entrañas que me hacen sudar, inminencia de un desalojo fecal que reprimo por decencia conmigo mismo.

Al voltear la esquina, veo al frente una congregación fúnebre en una residencia con escasa luz. Es un velorio. Vi ese velorio como una salvación para mi estado descompuesto por una diarrea interrumpida. Entré sin saludar a los presentes, todos extraños para mí, buscando en mi desesperación el sanitario social. Detrás del féretro, una puerta estrecha lo indicaba. Sin ninguna decencia, caminé rápido hacia el cuartito salvador; me veían como a un doliente más y, seguro por el sudor excesivo y mi palidez extrema, me inclinaban la cabeza como correspondiendo a mi dolor.  Abrí y cerré la puerta con la agilidad digna del dueño del inmueble; sólo que no encontré el interruptor de la luz y en plena oscuridad me bajé los pantalones, los calzoncillos y apunté a ese ruedo tenuemente claro que se veía como la taza del inodoro. Descargué con fruición el contenido represado que salió como un chorro de agua y heces en pedazos. Pero la oblea blanca era la tapa del sanitario que recibió, encima, toda la chorrera y le cambió el color pálido a un color que se confundió con la oscuridad. No se podía hacer más: el bendito inodoro tenía puesta la tapa; la taza del sanitario no recibió lo que tenía que recibir, pero sí se desparramó la mierda y su olor fétido por todo el cuartito. En esa oscuridad, como pude, me limpié con papel higiénico que también se hizo visible como una cosa blanca, colgada. Me subí los pantaloncillos, los pantalones y ya, descansado de la angustia, salí del cuarto a enfrentarme con la acusación de todos los dolientes por mi grosera acción. Al principio me sorprendió, pero luego de percibir la fetidez que había inundado toda la casa, lo comprendí:

En la sala estaban el muerto y yo, nadie más.