sábado, 22 de enero de 2011

“Rasca” de confusión.

Llegó borracho el borracho a las dos de la mañana y empezó a gritar para que le abrieran la puerta de su casa, trancada por dentro:

-¡Ramera cabrona! ¡Ramera cabrona!

Sale la esposa echa una furia y le increpa con carácter:

-¡Vas a tener que dejar de beber ya, porque esta es la segunda vez que me cambiás el nombre! ¡Yo me llamo Ramona Cabrera!

domingo, 16 de enero de 2011

Pan y circo.

Según nos cuentan, los libros y las películas, en la antigüedad los imperios se sostenían con dos ingredientes sociales básicos: Pan y circo.

En nuestra época moderna hemos avanzado una barbaridad, ¡tanto!, que los gobiernos se sostienen con sólo circo. Y hay circo por todas partes: en los centros comerciales, en los coliseos deportivos, en las fiestas patronales, en las campañas electorales, en las clausuras colegiales, en las elecciones, en la televisión y, en nuestro país, hasta en los cruces de semáforos. El pan también abunda, pero en pocas y elevadas mesas. El régimen político moderno da mucho circo, pero también pan: permite que el hambriento lo arrebate de otros menos hambrientos con la persuasión de la indigencia o con la insinuación del puñal; esto en los bajos fondos. Más arriba la persuasión se acentúa refinada. Para qué voy a sustentar lo que todo el mundo sabe: quien tiene algún grado de poder lo utiliza para despojar a otros que sólo tienen el resultado de su trabajo.

Hoy, los buenos gobiernos se tasan en grados de felicidad transitoria de la plebe y se llega al colmo de pregonarlo. Vemos por ahí una propaganda baladí que destaca la labor del gobernante por haber hecho las mejores fiestas; es como premiar al hijo menor por hacernos reír en la cena así haya perdido todas las asignaturas del año escolar.

Gastar en circo es determinante para los mandatarios en trance de afrontar futuras e inmediatas elecciones. La masa informe, la misma que vota por un pan,  sólo tiene memoria reciente, se acuerda de unos minutos de felicidad rodeados por infinidad de días de tristeza. ¡Qué le vamos a hacer! La ignorancia da para todo, menos para identificar la causa de la ignorancia. De esta situación viven los eternos políticos y los terrenales clérigos. Y lo veremos este año. Veremos al candidato pampeando el hombro del asalariado a quien no conoce, cargando al bebé equivocado, besando la mejilla de la sirvienta de otros sirvientes, prometiendo lo imposible y negando lo obvio. Y para inclinar la voluntad del vulgo a favor de su cacareado “proyecto político” –que mas bien parece un “acuerdo de familia bien”–, basta con invitarlo al teatro del absurdo donde será el huésped de honor por breve intervalo, donde podrá comprobar que la felicidad está al alcance de la mano, que si no la toma –si no vota– no volverá a ser tenido en cuenta. Ese teatro del absurdo se expresa como sancocherías revueltas con aguardiente  

Aunque no creo en las odiosas encuestas y menos en las estadísticas –que sirven para volver aciertos los errores–, me remito a una que divulgó el llamado sector financiero. Esta decía que el 30% de la economía mundial giraba en torno a las industrias del entretenimiento. Dicho en términos de fácil comprensión: alrededor del vicio, la diversión, el circo, se gasta casi la tercera parte de lo que se gana un ciudadano. Que lo diga el sector financiero, el sector parásito de la economía, sirve para establecer la importancia del circo.  

Pero volvamos a la realidad inmediata y dejémonos conducir por el ayudante de Moliere; dejemos que ese buen teatro de humor nos colme, y aceptemos las tres palabras mágicas que nos llevan a un mundo de ensueño: ¡Arriba el telón!

Con un buen teatro, hasta tendremos la dignidad de criticar al circo, el mismo que sirve para eternizar los imperios.

sábado, 15 de enero de 2011

Borrachera joven.

En una reunión social estudiantil a algunos muchachos les dio por tomar licor llevados en andas de la curiosidad. La más pequeña del grupo se excedió y comenzó a mostrar torpezas hilarantes que era la delicia de los concurrentes. Le fallaban la voz y las piernas, hacía muecas y gesticulaba como un arlequín; pero llegó el primo sobrio de la familia y al verla en ese estado, soltó una recriminación:

-¡Mariela! ¡Te veo borracha!

La niña intentó corregir:

-El que está borracho eres tú, porque te veo borroso. 

domingo, 9 de enero de 2011

Rumbo al patíbulo (Relato)

Rumbo al patíbulo
(Relato)
Camino al patíbulo empiezo a meditar sobre el honor, que exaltó mi carrera y me condujo a la muerte. Mis últimos cinco años están plagados de acontecimientos difíciles de creer, imposibles de aceptar en un mundo en paz; paz que nunca conocí, lo mío fue la guerra. Nací cuando ya corrían siete meses de la Primera Guerra Mundial y voy a morir hoy, cuando faltan, tal vez, siete meses para terminar la segunda. Desde el Tribunal del Pueblo, donde dictó la sentencia el juez Freisler, situado en la Bellevue Strasse y el barrio Plötzensee, lugar de asentamiento del verdugo, en Berlín, me separan dos horas –por los continuos cambios de ruta de la camioneta Opel de color verde y vidrios oscuros que impiden ver a los inminentes cadáveres–, para eludir los bombardeos diurnos de la flota aérea norteamericana y algunos cazas ingleses. Me acompañan tres condenados y un viejo guardián. Las calles explotan y los edificios derivan en escombros; sobrepasamos montículos y otras veces nos devolvemos ante la imposibilidad de afrontarlos. Berlín es una ciudad casi muerta hoy trece de octubre de mil novecientos cuarenta y cuatro y, como todo próximo difunto, tiene estertores agónicos: las bombas, que descubren ciudadanos vivos extraviados para convertirlos en pedazos muertos.



No está muy lejos en el tiempo cuando comandaba el destacamento de reconocimiento blindado cerca de El Alamein en el norte de África, enfrentando la superioridad, en número de hombres, del ejército británico a órdenes de Montgomery. Fue allí donde pude haber caído como héroe del Tercer Reich; recibí una bala inglesa en mi brazo derecho que destrozó mi codo, que la desvió de penetrar por el órgano más vital. A cambio de mi muerte, ese doce de julio de mil novecientos cuarenta y dos, a mis veintisiete años, recibí la máxima condecoración del ejército alemán: la medalla de la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Desde entonces soy el oficial de caballería distinguido Roland von Hoesslin.



No siento miedo pero sí dolor por haber sido degradado como oficial del ejército alemán. Mis compañeros de infortunio están pálidos como estatuas de mármol y atisban el terror del deceso. Dentro de algunos minutos esta vieja camioneta que apodan “die grüne Minna” (Guillermina la verde)  se detendrá en las puertas de la casa del verdugo, que hará su trabajo. Será una muerte rápida, nos lo han prometido.


Desde mis tiernos años me apasionaron el arte y la cultura europeos; en contraposición, detesto la política como artimaña para alcanzar el poder. Si no hubiéramos llegado a la guerra, habría sido un escritor, o un crítico de arte. Es una contradicción que ame las artes que glorifican la vida y las armas, que consagran la muerte. Pero, al igual que mi padre, encontré la suprema gloria de pertenecer al ejército una vez que Hitler desbarató el oprobioso tratado de Versalles, hecho que adhirió mi voluntad al régimen imperante. Alemania volvía a ser grande y respetada. Pese a los métodos de aniquilamiento, sangrientos, contra los civiles por diferencias políticas y étnicas, y los oficiales por conductas ajenas al servicio, que me hacían dudar del honor alemán, los éxitos del Führer frente a las potencias extranjeras, me inclinaron a jurar lealtad.

Y vino la guerra.

Cuando Francia y Gran Bretaña declararon el inicio de hostilidades contra Alemania, el tres de septiembre de mil novecientos treinta y nueve, nosotros ya penetrábamos por el corredor polaco, amparados en el tratado ruso-alemán que nos dejaba libres para atacar a Polonia sin temor a una reacción soviética. Como explorador, hice parte del décimo tercer cuerpo del ejército con el grado de teniente de artillería, sin mayor oposición. El ejército polaco era un cuerpo de paz, inferior a nuestra máquina de guerra. A pesar de la resistencia heroica de los polacos, consolidamos nuestras posiciones y Polonia fue conquistada para el Tercer Reich. Luego cayeron Holanda, Bélgica y Francia en una acción envolvente con una fuerza desconocida hasta entonces por los militares del mundo, donde fueron decisivas la potencia artillera y las rápidas jornadas de la infantería mecanizada. Hasta ese momento, Alemania no había alcanzado tal magnitud de poder, era como volver a emular las acciones de Alejandro Magno.


Sufrimos un nuevo retraso en este camino hacia la muerte. Unos cañones antiaéreos de nuestra menguada Wehrmacht, disparan sin ninguna orientación, causan destrucción de algunas torres góticas y las líneas de alta tensión. A través de los vidrios oscuros de la Opel veo a niños soldados intentando ser artilleros, como divirtiéndose en un macabro juego de guerra. Uno de los cañones, emplazado en mitad de la calle, nos impide el paso. Retrocedemos y franqueamos por otra calle. Miro al cielo y deseo que cualquier avión inglés extraviado, nos atine con sus bombas; nuestra muerte, entonces, sería instantánea, anónima y unida al pueblo.


Después de compartir la línea de mando con el general Rommel en las arenas del desierto egipcio, cuando fui nombrado comandante del batallón de reconocimiento blindado número treinta y tres, mi admiración por el general jefe lindaba la veneración. Nunca tuve un superior con tal grado de astucia, arrojo e inteligencia para resolver en plena batalla los problemas de la guerra. Traté de emularle en cada acción que emprendía y sostuve grandes batallas favorables a nuestras armas; hice centenares de prisioneros a quienes ordené protección, abrigo y comida como lo establecen las leyes de la guerra para los vencidos, hasta que ese proyectil enemigo me envió de regreso a casa.
Jamás dejé de escribir; en cada recodo del desierto, en cada pausa guerrera, siempre tenía palabras para mis padres y abuelo. Recuerdo que para hacer conocer la enorme dificultad de escribir en esas condiciones extremas, alguna vez apunté: “Federico-Guillermo I firmaba sus cuadros, pintados durante los terribles accesos de gota que padecía, in tormentis pinzit, F.W.  A veces, yo siento ganas de escribir eso mismo al pie de mis cartas”.

Al cruzar, la Opel, una calle que creíamos desierta, aparecen unos francotiradores que alcanzan a dispararnos. Paramos y el guardia ondea la bandera nazi; cesan los disparos de las juventudes hitlerianas, únicos soldados que aún protegen a Berlín. Después seguimos muy despacio. No hay prisa.


Mi convalecencia fue determinante para ordenar mis pensamientos enriquecidos con la información de los últimos acontecimientos. En cada jornada la guerra se hacía una tragedia irreversible, se incrementaba en espiral el número de bajas; todos los días caían civiles que diezmaba la población hasta hace unos meses floreciente y optimista. La derrota de Stalingrado, primero, y la subsecuente capitulación del sexto ejército del general Von Paulus, me indicaron sutilmente que Alemania podía estar en retirada estratégica, en el frente este. Aún creía en nuestro Führer quien planeaba la contraofensiva. En marzo de mil novecientos cuarenta y tres, recibí la visita del teniente coronel diplomado de estado mayor Claus von Stauffenberg quien iba trasladado para el frente africano. Su certeza sobre la derrota de Alemania no me conmovió. Para Stauffenberg los soviéticos eran invencibles, lo advertía por su conocimiento directo en el alto mando del ejército de tierra y por haber dirigido el departamento de Ejércitos Extranjeros del Este, cuando se produjo la invasión de Rusia.



Encontramos una vía expedita para acortar camino en dirección a Plötzensee, una estrecha carretera con planicies a la vera del camino. Vemos relámpagos gigantescos en la distancia, sin duda son cañones soviéticos. Quiero estar al frente, donde podría morir con honor. Ahora ni eso me permiten; acepto mi suerte.


Mi estadía vacacional en Hungría valoró la importancia de los aliados de Alemania. No se preveía una derrota cuando el ejército rojo ni siquiera había flanqueado territorio húngaro, ni polaco y pese a los bombardeos aliados, las bajas militares eran insignificantes; eso nos aseguraba Goebbels por la radio. Ahora sé que estaba desinformado: antes, en marzo de mil novecientos cuarenta y tres, la RAF –la Real Fuerza Aérea británica– había iniciado su ofensiva contra nosotros y no cesó hasta la capitulación; el frente este era de total iniciativa rusa; se preveía un desembarco aliado por el noroeste de Francia. Pero lo más triste para mi fue la debacle del ejército africano, en mayo de mil novecientos cuarenta y tres. Entonces escribí: “Este ejército, al que estaba particularmente unido nuestro corazón se ha hundido en las arenas de Túnez”.


Estamos próximos a la casa del verdugo. Se observa en las calles gran algarabía de paisanos después de la última incursión de los aviones ingleses y norteamericanos. Ocurre igual en cada ataque: se trata de prestar ayuda a los heridos e identificar precariamente a los muertos. Observo sin emoción. Siempre estuve cerca de la muerte que no me amilanan las escenas dramáticas; a eso se llega en una guerra, a una total deshumanización. La piedad y la conmiseración son sentimientos ajenos a los militares entrenados para eliminar todo vestigio de vida. En la guerra, un ser vivo es un potencial enemigo y muerto, es la paz de las cavernas; el silencio que sigue es más tenebroso.


Fueron terribles, no por el grado de destrucción sino por la sorpresa, las noches del veintidós al veinticinco de noviembre de mil novecientos cuarenta y tres, cuando empezaron los bombardeos contra Berlín. La capital del Reich, que había estado lejos de cualquier confrontación, ahora se convertía en frente de guerra. Veíamos entonces el horror metido en nuestras casas, la pérdida de la seguridad, la facilidad de morir sin combatir. Es la impotencia del militar quien recibe bombas potentes en continuas oleadas y no tiene armas capaces de responder al ataque.
Siempre actué con honor. Primero, por encima de todo, está mi adorada Alemania; por ella luché y por ella moriré. No se puede tener lealtad por quien la ha traicionado; soy leal a mi nación, no a una persona que derivó su grandeza en escombros de ignominia. Aún resuenan las palabras que me indicaron el camino que hoy me lleva a la tumba; las pronuncié ante un compañero de armas y posiblemente le dieron argumentos al juez Freisler para condenarme: “¿Crees que bajo un régimen como éste tenemos aún derecho a ganar la guerra?”. En este momento crucial de mis reflexiones emergió la figura del coronel Stauffenberg; sin compartir socialmente con él, me aliaba con él. Era el honor del ejército que preparaba la conjura contra el indigno conductor de Alemania. El mismo honor del capitán general y antiguo jefe del estado mayor conjunto Ludwig Beck que, aplicando sus principios, se suicidó antes de ser obligado a dimitir por oponerse a la invasión de Checoslovaquia. Beck fue enfático: “La obediencia del soldado termina donde la conciencia y el sentido de responsabilidad le impiden el cumplimiento de una orden…”. Mis padres no supieron de mis decisiones hasta cuando fui detenido en Meiningen por oficiales de la Gestapo la mañana del veinticuatro de agosto de mil novecientos cuarenta y cuatro.


Al final estoy aquí, apeándome de la Opel frente al barracón de ejecuciones. Llego a la sala del tribunal y me autorizan escribir unas palabras dirigidas a mis padres: “Hoy, el Tribunal del Pueblo me ha condenado a muerte. En pocos minutos se extinguirá mi vida. No temo a la muerte. Gracias a todos los que me han hecho bien. Gracias sobre todo por la vida que me habéis dado, que fue hermosa. Os abrazo por última vez”. Roland.

Me faltan cuatro meses para cumplir los treinta años de edad y, como una tierna oveja, me entregan al verdugo que está exhausto por el número de ejecuciones que ha hecho. Con hábil rapidez coloca el lazo sobre mi cuello y yo, en una absoluta oscuridad por la capucha negra que abraza mi cráneo, sólo oigo un fugaz golpe metálico y siento un descenso vertiginoso… 

sábado, 8 de enero de 2011

En plural.

Los seminarios para ejecutivos sirven para pasarla bien, aunque no se aprenda. Bueno, aprender lo que es de sentido común lo hacen los inteligentes, como ocurrió con un joven aprendiz de gerente. A este prospecto de administrador, le enseñaron que una empresa es una comunidad, donde todo lo que se haga, o deje de hacer, es en común y por eso debe usarse siempre el plural, en toda relación.
Llegó a su fortín burocrático y convocó a sus subalternos para indicarles, a manera de ejemplo, que, de ahora en adelante, debían decir: Trabajamos duro, cumplimos la meta, cometimos errores, celebramos años… No faltó el agudo empleado que pidió la palabra para asegurar:

-¡Preñamos a la secretaria!  

sábado, 18 de diciembre de 2010

¡Se acabó el agua! ...¡Nos inundamos!

Hasta hace unos veinte años las cordilleras colombianas eran frondosos bosques con árboles gigantescos disfrazados con musgos y líquenes que los hacía imponentes. Cuando uno se atrevía con la montaña de páramo, con ese milenario follaje, y se agarraba de las ramas, cual esponjas, nuestras manos y brazos chorreaban agua limpia y fría. Los árboles, los musgos, los líquenes, cumplían una función natural de control y regulación de las aguas lluvias. Las nubes que divagaban por las altas cumbres, se enredaban en esos bosques cuyos árboles las transformaban del estado gaseoso al líquido en pequeñas gotitas que se guardaban en gigantescas alfombras adornadas de frailejón y se soltaban con el calor normal o el verano, en chorritos, quebradas, arroyos, humedales, lagunas y ríos.
Hoy esos bosques no existen y los páramos están yermos. No hay regulación natural de las aguas. Las nubes viajan a la deriva y al no encontrar los bosques paramunos, se descargan sin control donde encuentren una corriente fría –ahora se inventaron los científicos prepagos el llamado fenómeno de la niña–  que las cambie de estado y se precipiten en borrascas aleatorias. De ahí surgen los aguaceros diluvianos que con el paso del tiempo serán más catastróficos. La deforestación indiscriminada es una de las razones por las cuales tenemos, en verano sequía intensiva y en invierno inundaciones catastróficas. Digo, una de las razones porque la principal es la falta de política ambiental del Estado. No la hay. No hay regulación del caudal de aguas de los grandes ríos por medio de represas y canales de irrigación. El Estado colombiano se ha mantenido ajeno a la preservación del medio ambiente así existan leyes y corporaciones burocratizadas, manejadas por politiqueros con nula visión de país, mucho menos de nación.

La más reciente acción del Estado colombiano, que respalda mis afirmaciones, fue haber otorgado –como en una feria del despilfarro– miles de concesiones a empresas multinacionales para explotar las maderas, minas de oro y metales radiactivos; privatizar el agua, de las pocas lagunas que aún quedan, todo en contra de la naturaleza que los sustenta.  Para nuestros gobiernos –elegidos por millones de avezados pordioseros y una clase media estulta–, es muy importante el progreso de unos pocos, que derrumba la maravilla de región que nos tocó y que, a ese ritmo de depredación, será lejana referencia de país verde. Sólo nos quedará un país desértico que contribuyó al desarrollo de potencias extranjeras, como sucede con el África que, en contraprestación, le dejaron enormes huecos después de permitir la extracción de diamantes y siguió siendo pobre hasta caer, hoy, en la miseria.

Está demostrado, por las consecuencias que ya se ven, que el progreso moderno es lesivo para el hombre y las demás especies. Infame progreso que destruye los mares, los ríos, las selvas, las montañas, los animales, para que el capitalismo siga acumulando una riqueza especulativa que está en pocas manos, las mismas que trazan el rumbo equivocado del bienestar fundamentado en cosas y no en la naturaleza.

Se ha visto en las reuniones del llamado calentamiento global, donde los países más destructores, que son las potencias capitalistas, se niegan a parar la deforestación del medio ambiente arguyendo que el progreso no da espera. De estas reuniones se dice que son un fracaso y lo son, y lo seguirán siendo, porque es imposible conciliar la vida con la utilidad económica de unos pocos que además tienen poder.

Si de verdad queremos defender al hombre y a la naturaleza se hace imperativo cambiar nuestro actual sistema político, inhumano y depredador, por otro que centralice en los seres vivos la verdadera riqueza. 

domingo, 12 de diciembre de 2010

Cuando me acariciaste, empecé a llorar (Cuento)

Cuando me acariciaste, empecé a llorar
(Cuento)

“Cuando me abrazaste y acariciaste, empecé a llorar.  Era una niña, y tú, un adulto que podrías haberte aprovechado de la situación”.
Me deslumbró el amor como un maravilloso descubrimiento y también di el más inquietante paso a lo desconocido. Llegué a tu casa con plena inocencia, sin ninguna prevención, con la ingenuidad y el atrevimiento de una niña que quería estar al lado del hombre que ya amaba, como al único.  Fui yo quien insistió en acompañarte; quería saber dónde vivías, cómo vivías.  Te oponías a llevarme por la modestia –después lo supe– de una vida de carencias económicas que te imprimía sencillez.  En ese momento no me importaba el desbalance social, sólo miraba por ti, respiraba por ti, vivía por ti.  Fui una loca, lo reconozco, pero te agradezco que me hubieras tratado como a una dama a pesar de la pasión que despertaba en ti, con mi faldita corta de colegiala que no disimulabas en mirar, hasta acariciar con tus ojos mis piernas de porcelana, como lo repetías cerca de mi oído.  A mí me gustaba cómo me mirabas, me sentía feliz de ser linda para ti.   Eras mi mundo.  Lo demás no importaba.
Cuando llegué a tu casa era la amiga del joven y todos me abrieron sus simpatías, rompieron sus reticencias, me observaban como a un personaje de importancia social.  Hasta se atrevieron con sus comentarios: “Es linda”, “No parece de aquí”.  A esa bienvenida respondí con afecto, con pródigas sonrisas, y llegué a tu refugio compartido con el menor de tus hermanos.  Cuando estuve contigo, en tu cuarto, sólo te veía a ti, sentí la inquietud del primer momento.  Acariciaste con ternura mis cabellos, bajaste tus manos por mi rostro y me acercaste a tu boca.  Sentí un escalofrío, un deseo de irme y quedarme; un miedo y un placer; una mezcla de pasión y represión; una dualidad irreconciliable.  Por un momento me pregunté qué hacía allí con un hombre; creo que me entendiste, porque tu beso también fue tierno, intenso, largo...  Y me dejé llevar por tus caricias de hombre hasta que empecé a llorar.  Si tú hubieras querido ir más allá, hasta el jardín de los amantes, nadie te lo habría impedido.  Yo era frágil y seguro habría ido contigo.  Por eso empecé a llorar.


“Se presentó un conflicto entre las recomendaciones de mi mamá y mi deslumbramiento por ti”.
Sí, en ese momento, cuando tus manos dibujaban mi talle, cuando percibí un leve temblor en tu cuerpo, escuchaba a mi madre advirtiéndome sobre el comportamiento de los hombres, a quienes trataba con su particular medida.  Fiel a su raizal religiosidad de toda matrona paisa, quería para sus hijas hombres rectos y decentes que asociaba a confesos católicos, que pidieran permiso para las visitas, que fueran orgullosos de sus orígenes familiares, que rezaran el rosario todos los días, que fueran a misa los domingos, que se confesaran y comulgaran.  Los demás, según ella, no eran confiables, eran demonios que no desperdiciaban una oportunidad para aprovecharse de las mujeres y, una vez que conseguían lo que querían, se perdían para no asumir responsabilidades.  Tú no eras un católico practicante, me lo hiciste saber cuando te invité a misa.  Dijiste que respetabas mis creencias pero que tenías las tuyas, para las cuales valía también el respeto.  Entonces te veía como a un hombre independiente y libre, muy opuesto al ideal de mi mamá.  Con mis escasos años de adoctrinamiento en un colegio de monjas y en las prédicas familiares, aún no discernía con claridad entre el bien y el mal religioso, puesto en duda por tu manera de ser y actuar que me encantaba. 
Pero yo estaba obnubilada al sentir, por primera vez, tus manos de hombre sobre mi cuerpo inexplorado.  ¿Cómo puede una mujer negarse a la dicha del amor?  Estaba feliz y estaba asustada; era como intercambiar tu figura varonil con la autoridad materna.  Entonces vi que te sorprendiste por mis lágrimas, te preocupaste en exceso y buscaste la forma de calmarme, enjugaste mi llanto de niña, me abrazaste como si quisieras protegerme de ti mismo.

Así estuvimos una eternidad de instantes, envueltos en la vorágine de la vida que es pasión, dolor y placer.

Cuando salí de tu casa tenía una confusión de ideas, pero seguía siendo niña.  Mi primera experiencia amorosa fue placentera, sin llegar a la posesión.  Ejerciste control en el momento más intenso y te lo agradezco porque ya era una mujer dispuesta a todo, en medio de mis lágrimas.  En un instante cambiaste tu instinto de vida por el pensamiento, capaz de atisbar las consecuencias de nuestros actos, frente a la sociedad drástica que vivíamos.  Me acompañaste hasta mi casa, pero me despedí antes –en la esquina de la once, como la llamábamos, donde tantas veces acordamos una cita con el lenguaje del amor que sólo entienden los amantes–, como si supiera que mi mamá nos había visto, como si quisiera escudarte de la furia de una madre insultada.


“Me enfermé una semana por el impacto del descubrimiento del amor físico: unas caricias de hombre en un cuarto, solos.  Y yo de apenas dieciséis años”.
No dormía ni comía bien; permanecía taciturna y lejana recomponiendo mil veces la escena.  Reprochándome mi atrevido comportamiento y recreándome con cada caricia tuya que aún navegaba por mi cuerpo.  Hasta que mi madre, con esa sutil señal que tenemos las mujeres para saber cuándo una situación se agrava, me increpó:

-¡Me vas a decir qué te pasó!  ¡Quién te hizo daño!

Era imposible mentirle a mi madre sobre lo que ella sabía del primer encuentro con el amor; temía que fuera de extrema gravedad con un posible fruto extramarital y arreció con sus cuestionamientos:

-¡Me dirás el nombre del tipo, que yo me encargaré de hacerle cumplir con su deber!

En ese momento no pensaba en mí sino en ti.  Me parecía injusto que te sindicara por una situación que yo había propiciado en mi condición de mujer enamorada y que tú supiste afrontar sin herirme.  Y volví a protegerte.  Nunca dije tu nombre ni el menor indicio para que te descubrieran.  Le conté a mi madre lo sucedido sin que aparecieras tú como el incitador.  Dije la verdad incompleta, porque tu nombre nunca salió de mis labios y, pese al incisivo cuestionario, te retraté como eras, como eres, sin adornar lugares, ni trabajo, ni estudio, que pudieran relacionarte.  En eso no claudiqué.  Al fin mi madre soltó una conclusión agresiva:

-¡Te enamoraste del primer pendejo que conociste!

Y planteó sus condiciones:

-De esta te salvaste, pero de la próxima quién sabe.  Si lo querés como novio, primero me lo traés aquí, que yo veré si te conviene.  ¡Mientras tanto, te prohibo que lo volvás a ver!

Fue mi primer regaño de amor y me lo dio mi madre con la autoridad que le permitió criar a cuatro mocosas.  Tú y yo seguimos nuestras rutinas sin vernos.  Para mí fue el primitivo escaño que me permitió conocer los conflictos que generaba el amor y le di plena razón a mi madre; para ti, no sé; seguiste tu actividad, de la cual yo estaba pendiente; tanto, que evité que me vieras y me hablaras porque sería como un canto de sirena imposible de rechazar. Lo sabía.  Seguramente pensaste que mi amor terminó con mi primer susto y tal vez lo diste por cancelado.

No te volví a ver durante el tiempo que pasé de ser una adolescente a una señorita con afanes académicos.  Tu recuerdo, el más bello de niña, me acompaña.  
Sé que te graduaste y te casaste; lo sé, porque hoy he visto a tu hijo, acostado en la cama que pudo ser nuestra, manoteando sus primeros tres meses.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Los que nos gobiernan.

En entrevista radial reciente le preguntaban a uno de nuestros alcaldes:
-Señor alcalde, ¿qué va a hacer después de que termine su periodo de gobierno?
Con la inmediatez que da la ignorancia contestó:
-Pues, terminar la primaria.


Una vez elegido uno de los pintorescos presidentes iberoamericanos que ostentaba algunos títulos universitarios “Honoris Causa”, entrevistaron a su señora madre (la de él):
-Señora, ¿para usted qué significa que hayan elegido a su hijo presidente de la república?
-Bueno, me da pena; pues si yo hubiera sabido que iba a ser presidente, lo habría puesto a estudiar.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Gobernantes incultos: ciudad moderna.

La ciudad de Popayán, Colombia, siempre ha estado unida a justos, y a otros errados, cuando no inconvenientes apelativos. Fue tildada como la “Jerusalén de América” por la pompa de sus procesiones de Semana Santa que imitan al Viacrucis cristiano del Gólgota. Más Atrás le habían colgado el epígrafe de “Ciudad procera”, por el fusilamiento de sus numerosos y sobresalientes hijos que ordenó Pablo Morillo y ejecutó Pascual Enrile, en la época de la Reconquista española. Después de la creación de la Universidad del Cauca en 1827, se le otorgó el título de “Ciudad universitaria”; luego se dio paso al de “Ciudad blanca” y no se cuándo le atribuyeron el de “Ciudad culta”, presumo que fue por la intensa actividad cultural en las décadas de 1930 y 1940, cuando teníamos poetas y educadores de talla mundial y más revistas culturales que las que ahora tiene todo el país.
Este último apelativo comenzó a deteriorarse con los alcaldes que nos impusieron y que hemos elegido en los recientes años.

Por el año 1950, si la memoria de mi informante guarda cierta fidelidad, un compositor creó una pieza musical con ritmo tropical cuyo título era “Popayán de mis amores”; la estrenó con orquesta en el edificio de la Alcaldía y le planteó al alcalde de entonces que le cedía los derechos a la ciudad por un valor que era aceptable para la época. El alcalde en principio dijo sí –como novia apresurada–, pero luego naufragó en las borrascas burocráticas que le sirvieron de pretexto para no cumplirle al compositor. Esa composición musical fue adoptada por un alcalde de mayor ímpetu cultural y administrativo y hoy se llama “Medellín de mis amores”.
  

Ahora, vendría bien replantear el apelativo de “Ciudad culta” y cedérselo a Medellín, porque a nosotros –por haber elegido alcaldes sonsos– nos quedó grande. No puede ser Popayán una ciudad culta cuando se han cerrado todas las librerías y hay sólo una biblioteca pública  –la del Banco de la República que no funciona los sábados por la tarde ni los domingos, como si aquí hubiera actividad recreativa un fin de semana–. Tampoco es culta una ciudad cuyas escasas publicaciones informativas y literarias son frívolas, mezquinas, mal escritas y truculentas, donde es imposible destacar el buen gusto y allí nunca florecerá el pensamiento innovador.  Los barrios populares tienen cantinas y guaraperías pero no bibliotecas públicas; y los alcaldes y sus flamantes –e ignorantes secretarios de gobierno se quejan de la delincuencia y creen que con el aumento de las fuerzas represivas la van a acabar. Nunca, en un sistema capitalista, se va a erradicar un producto del capitalismo, y la delincuencia es uno de sus productos refinados. Pero aún bajo el capitalismo se puede atenuar ese flagelo con cultura y recreación, dos actividades que los alcaldes las consideran marginales. No voy a dar ideas, porque éstas tienen un valor que cuesta en nuestro sistema –y no me las van a pagar–, pero me sorprende la falta de imaginación de nuestros políticos para actividades diferentes a las de esquilmar al Estado. Tienen múltiples formas de hacer cultura y recreación y aumentar los ingresos municipales, sin embargo no las ven y si las vieran, les falta esa acción innovadora para ejecutar –una de las cualidades políticas que tampoco tienen–. Siempre miran el obstáculo pero no la pértiga para saltarlo.

Popayán tiene un archivo histórico que es valioso para toda la América hispana, de esto saben en España y las grandes capitales de América. Aquí, el alcalde y el gobernador pasan por ignorantes –desconocen lo que tienen– e indolentes –saben pronunciar las palabras mágicas: no hay presupuesto–  ante el deterioro de documentos valiosos en un edificio que necesita con urgencia ampliación y mejoras para evitar la humedad. El alcalde, y en menor medida el gobernador, necesitan obras para mostrar al electorado y a su director político –los partidos se están acabando, y ya es hora de que se acaben porque en casi doscientos años no resolvieron el problema social– con vistas al próximo debate electoral; obras civiles que se puedan inaugurar, que tienen implícita la financiación de las campañas. La cultura y la recreación pueden esperar indefinidamente. No puede ser culta, nuestra ciudad, cuando pasivamente deja destruir  el más valioso patrimonio labrado en siglos, como es la memoria histórica.

Así estamos; lo de “Ciudad culta” dejémoselo a esas ciudades donde los ciudadanos son cultos, es decir, personas que respetan a las demás personas; que no hacen rampas en los andenes para proteger a sus vehículos en perjuicio de los caminantes; que no parquean en los andenes, obligando al peatón a transitar por la calzada; que tienen consideración por los ancianos y los niños y no como nuestros taxistas, que además de echarles el carro encima, les enciman el término “movete cabrón”, cuando son decentes; que dicen “buenos días”, cuando entran a una oficina, así la secretaria no conteste; que dicen “gracias”, cuando reciben un servicio aunque sea comprado; que responden educadamente cualquier solicitud por torpe que sea; que amen a la mujer por encima de todas las cosas y no la maltraten.

Por estas y otras razones ya no somos la “Ciudad culta”, falta que se nos acabe la capacidad de reacción para enderezar el camino.  

viernes, 3 de diciembre de 2010

Breves:

Epitafios:

“Aquí yace un alentado, que nadie creía que estaba enfermo”.

“¿Vos sí creés que estoy aquí?”


Expresión de una de nuestras recientes divas:

“Yo soy muy franca, muy sincera, me lo repiten todos los días mil personas”.


Muy breves:

¿Para dónde van las pulgas cuando mueren?
Para el pulgatorio.

¿Cuál es el idioma de las tortugas?
El tortugués


Sobre la caída del pelo.

Un amigo desentejado había llegado a tal grado de resignación, que decía que lo único que detenía la caída del pelo era el suelo. Era visible en todas partes por su brillantez; asediado por las damas atrevidas y las tímidas –que son más atrevidas donde nadie las ve–. Los hombres también se le arrimaban para compartir esa bendita suerte de Valentino.
Un envidioso, que no falta, le obsequió una llamativa gorra vasca, curada, y empezó el traspié: las jóvenes lo veían como un señor mayor y en declive; la poderosa atracción disminuyó tanto, como la oscura importancia de la prenda que usan los catanos para esconder las pocas canas que el tiempo deshilacha. Hasta que una encantadora sobrina le quitó el maleficio.
La bella niña, que cruzaba el semestre cumbre de los futuros médicos, le regaló una charla sobre testosterona y su infalible fórmula para encender la pasión femenina. El hombre que la poseía en grado sumo, decía la preciosa hija de Hipócrates, con autoridad, se distinguía por tener un cráneo brillante, como se acostumbra en estos tiempos.
Ahí fue cuando nuestro amigo recobró su virilidad suspendida: tiró al basurero más grande la anti masculina gorra vasca curada.